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Licorice Pizza

CORRER FRENTE A TI

En Licorice Pizza  -su última película- Paul Thomas Anderson se mueve entre la proximidad del primer plano y la velocidad del traveling para fabular la historia de amor californiana y setentista de Gary y Alana.

De los versos leídos en la adolescencia hay uno que recuerdo de memoria:  “Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte”. Cuando Gary conoció a Alana ella sostenía un espejo para que él pudiera peinarse.

Él carga con 15 y ella con 25. Pero la década que los separa no impide que él la invite a salir. “Es ilegal”, responde ella. Gary insiste en la cita, aunque aclara: “No es una cita”.

“Tal vez te vea más tarde, no voy a verte más tarde”, se contradice Alana. Y sin embargo por la noche ella está en el bar de Henry sentada junto a Gary sin mirarlo, tiesa, incómoda, envuelta por la mirada embelesada del joven.

Gary, lleno de deseos, certezas y acné pregunta:  “Alana, ¿Cuáles son tus planes? ¡Deberías empezar tu propio negocio! ¿Qué te gustaría hacer?”

Alana no sabe qué cosas le gustan, hacia dónde va en la vida, qué debería hacer.   Se siente pequeña con 25 años y enfrente tiene a un actor de 15 que se siente un adulto.

Cuando Alana conoció a Gary se enfrentó con la pregunta por el deseo: ¿Quién quiero ser? Y más aún: ¿Quién puedo ser?  De ese juego de espejos, reflejos y deseo está hecha la película de Paul Thomas Anderson.

En Licorice Pizza los personajes corren. Corren porque salen de la cárcel. Corren porque la crisis del petróleo deja sin nafta al mundo. Corre Alana porque Gary va preso sin motivo. Corre Gary porque Alana es expulsada de la moto de un actor famoso que le prometió el universo y nunca aprendió su verdadero nombre.

Corren porque se buscan. Corren porque se escapan. Corren porque sí. Corren para llegar antes a ningún lugar. Correr en Licorice Pizza es la metáfora de la ansiedad que produce crecer y también el intento desesperado por no hacerlo.

Gary y Alana corren para alcanzarse, corren para correrse de los lugares que habitan. Se corren uno al otro hasta desconocerse. Porque el amor también es eso: un espejo que nos devuelve una imagen que no esperábamos.

En Licorice Pizza los personajes se gustan y seducen. Y lo hacen con todas las armas posibles. También con las canceladas. Los celos están al alcance de la mano. Vale sentirlos y provocarlos.

En el universo amoroso de Licorice Pizza se puede llamar por teléfono y no emitir sonido, solo para chequear lo que no se anima a preguntar, o espiarse a través de una ventana.

Se puede salir con un tipo para dar celos, besar a un desconocido en la calle, calentar a alguien por teléfono mirando fijo a los ojos de otro, sacar la lengua en tono de burla, competir para ver quién es mejor. ¡Una oda a “lo tóxico” en la década del “amor y paz”!

En el tiempo de las narrativas del consentimiento informado y la profilaxis emocional, Licorice Pizza es una película que no se desentiende de la ambivalencia que implica el deseo. Aquí no hay deseo a priori, sin encuentro y sin preguntas.

Los que duermen con el diccionario abajo de la almohada la acusaron de hacer apología de la pedofilia por contar la historia de amor de una joven con un menor de edad. Pero Licorice Pizza se hace cargo de ese problema desde la primera escena.

Esa distancia está en el centro del vaivén entre Gary y Alana. Entran y salen a la velocidad de un camión en caída libre de ese mundo liminal entre la adolescencia y la adultez. Del juego púber de ponerse una manguera entre las piernas a pedir un martini en un bar con un político.

Son el deseo desbordado que corre a toda velocidad por la calle y la mano temblorosa que se acerca al pecho y queda suspendida antes del tacto mientras Paul McCartney canta “Let me roll it to you”.

Gary y Alana corren uno hacia el otro en una superficie tan incierta como la de una cama llena de agua. Corren y cuando se encuentran se golpean, se caen: de ese vértigo estará hecho el amor.