LA MADRE ROTA

CINE

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The Lost Daughter, la primera película de Maggie Gyllenhaal, está basada en “La figlia oscura”, una novela de  Elena Ferrante. 

Cuenta la historia de Leda (Olivia Colman), una profesora de literatura de 48 años a quien el encuentro durante sus vacaciones con una madre joven la enfrenta con el recuerdo ambiguo de su  propia maternidad.

“No te arrepientas, recuerda”, le dice Marianne a Héloïse cuando termina su historia de amor en “Retrato de una mujer en llamas”. De ese deseo parece estar hecha The Lost Daughter.

Durante sus vacaciones, Leda se enfrenta a recuerdos ambiguos de su juventud: cuando sus hijas la desafiaron y la pusieron ante una rabia que desconocía, pero también con los momentos luminosos, el juego, los reencuentros.

Los momentos vitales en los que volvió a enamorarse o pudo huir y los cotidianos en los que pelar una naranja podía ser el gesto más amoroso del mundo.

El presente también tiene esa luz indefinida. Pero no hay melancolía en Leda. Se desentiende de las miradas compasivas, brinda por la crueldad con el hombre que  le alquila, invita a cenar al veinteañero que la mira con deseo.

Desde el título (“La hija oscura”, en español) el film pone a la maternidad  en el centro.  Pero a la maternidad en tanto vínculo: no sólo como madres, también como hijas.

A Leda la rodea el sentido común de la maternidad: “Debes estar mal por estar lejos de tus hijas”, le dicen después de una discusión.

Leda desmitifica a la madre: “Soy una madre antinatural”. Lo que dice es: no sabemos a qué nos enfrenta la maternidad. Nadie sabe en qué la convertirá, ni qué rasgos, incluso los monstruosos, le mostrará  ese vínculo.

TLD escapa al argumento contemporáneo que plantea la relación entre las mujeres y el deseo de manera lineal. Sí, hay deseo, pero también miedo, mandato, curiosidad, egoísmo y hasta crueldad. Todo se entreteje de un modo complejo, difícil de sortear con los manuales de la libertad.

Si como dice Lucrecia Martel, el argumento de una película es como la espuma del mar, acá no solo nos encontramos -literalmente- ante un mar límpido y mediterráneo, TLD ofrece más que su trama: desborda el argumento y lo llena de una textura que a veces el cine olvida.

El ambiente es palpable, sensorial. El calor, el viento.  El olor de la fruta pudriéndose. El sonido del mar, de los insectos,el de un grillo que sobresalta a Leda mientras duerme. La temperatura del agua cuando Elena moja a su mamá, la lluvia en el mercado.

Hay algo más que Gyllenhaal construye sin palabras: la mirada de Leda. La cámara deviene en muchos momentos “la máquina de mirar” de Leda y vuelve a la contemplación una acción brutal.

Nos muestra de esta manera silenciosa la curiosidad, el desdén, la nostalgia, la envidia, el deseo, el desconcierto,  la ternura.

Leda produce un modo de estar anclado en la mirada y el recuerdo. Y la directora construye a través de ese rasgo un sutil suspenso que atraviesa toda la película.

Leda es heroína y villana. Rescata a la niña perdida y se roba la muñeca por la que los niños del pueblo ofrecen recompensa. Maneja y canta “People like us” y, como Nina, todas queremos ser ella.

Escapa con su amante y vuelve porque extraña a las hijas. No hay redención en TLD porque no hay arrepentimiento  en Leda.

Leda es egoísta.  Leda quiere jugar.  Leda no está bien: Leda está realmente viva.