Ensayo

“El primer año”, de Patricio Guzmán


Un destino con dignidad, al fin

A 52 años de su estreno, ahora se estrena en los cines la versión restaurada en 2K de la ópera prima de Patricio Guzmán, “El primer año”. Se trata de un registro de los primeros meses de gobierno de Salvador Allende desde el punto vista de campesinos, obreros y pueblos originarios. Esta versión además cuenta con un epílogo orquestado por Chris Marker, quien apadrinó esta pieza fundamental para su estreno en Francia antes del golpe de Estado. El espíritu de Chris Marker, que alcanzó fama mundial con su mediometraje “La jetée”, sobre un viajero en el tiempo, sobrevuela este filme. Hoy, “El primer año” resulta un esperanzador y nítido viaje al pasado de un Chile con anhelos de transformaciones y justicia social.

Mayo de 1972. Cuando Patricio Guzmán oyó tocar la puerta de su casa en Chile, nunca pensó que al girar la manilla y abrir de par en par la entrada se iba a topar con un visitante que literalmente parecía de otro mundo… Y de otro tiempo.

Frente al director de cine, quien recién había filmado su ópera prima sobre los primeros meses del presidente en ejercicio, el socialista Salvador Allende, se hallaba un “hombre muy delgado que hablaba un castellano con acento marciano”. 

La descripción es del propio Patricio Guzmán y cuando hizo pasar al extraño a su morada, este no dijo nada. “Creí intuir por su mirada preocupada que había dejado mal estacionado el vehículo espacial en el cual había aterrizado”. 

La sorpresa inicial, sin embargo, había ocurrido unos momentos antes, cuando este invitado de piedra se presentó a sí mismo: 

–Soy Chris Marker.

Para la versión de Patricio Guzmán de 1972 tal nombre lo hizo estremecerse profundamente. ¿Qué hacía en su living uno de los más influyentes cineastas del siglo XX y cuya famosa “La jetée” el chileno había visto unas quince veces cual fanático calcetinero? 

La historia del atormentado viajero en el tiempo del mediometraje que se mueve entre el pasado y el futuro para terminar de cerrar él mismo un loop temporal con la forma de un uróboro, de una historia que empieza y termina en su propia figura, es un ejemplo de talento que fue años después homenajeado y re-hecho por el cineasta Terry Gilliam en la espléndida “12 monos”, con Bruce Willis y Brad Pitt. 

Pero volvamos al pasado. Mayo. 1972. Al Chile de Salvador Allende. Estamos en la casa de Patricio Guzmán y quien ha recordado así su primer contacto con esta leyenda del cine: 

“Desde el primer momento Chris proyectaba una imagen extraterrestre que nunca le abandonó. Separaba las frases con silencios inesperados y ceceaba un poco, apretando sus finos labios, como si todos los idiomas terrestres le fueran ajenos. Parecía muy alto aunque no lo era tanto. Vestía de una forma que no se puede describir. Era como un obrero elegante. Tenía el rostro afilado, los ojos un poco orientales, el cráneo rapado, las orejas estilo Dr. Spock”. 

Chris Marker fue crucial en la carrera de Patricio Guzmán y en especial un acelerador en el éxito internacional inicial de su ópera prima: “El primer año”.

Chris Marker, que estaba en Chile acompañando al equipo de Costa-Gavras en el rodaje de “Estado de sitio” con Ives Montand, buscaba él mismo registrar la inédita experiencia chilena al socialismo y el primer año de la Unidad Popular (UP). Pero al ver el magnífico trabajo hecho por Patricio Guzmán, desistió y optó por otro camino:

–Como usted ya ha hecho lo que yo deseaba filmar, prefiero comprarle su película para exhibirla en Francia.

Marker lo iba a recordar poco años antes de su muerte en 2012. “Fui a Santiago en 1972 con el equipo de Costa-Gavras. Evidentemente aproveché para explorar al máximo los aspectos accesibles de la UP. Gané una amiga para toda la vida: Carmen Castillo. Encontré a Armand Mattelart, cuyos análisis heterodoxos me sedujeron, y a Patricio Guzmán que acababa de terminar ‘El primer año’. Después de otros encuentros con otros cineastas nos pusimos de acuerdo en que ese filme era el mejor para informar al público francés, y a mi regreso me encargué de hacer la versión en francés”.

“El primer año” se estrenó de esta manera en Chile en julio de 1972 y a los pocos meses, en Francia. Pero con 10 minutos menos de rodaje y con un prólogo en francés orquestado por el propio Marker en donde se explicaba, mediante una serie de fotos e imágenes quietas, la desigual historia de Chile: colonia, conquista, independencia y el sistema feudal y la precariedad económica en el que seguían viviendo los chilenos del siglo XX hasta la llegada de Allende al poder.  

Ese punto de inflexión, la esperanza de cambio, la posibilidad de que el modelo abusivamente medieval fuera reemplazado por uno que fomentara la ausente igualdad social, fue el pase gol perfecto para que el público francés e internacional se metiera de lleno en la inmersiva apuesta de “El primero año”.

Es la misma introducción, en francés, que se puede ver en la versión restaurada en 2K ahora en salas de cine, en pleno 2024. Quizás sea esa introducción la que haga más dolorosa la herida cuando, claro, se sabe de antemano el trágico final de todo y que, “gatopardescamente”, fue un cambio para que todo siguiera igual. Pero eso, el destino oscuro y horrendo está fuera del cuadro mental con el que se puede asumir esta historia y si uno se fija en el “aquí y ahora” de esta película, en ese 1972, lo que hay, lo que sobra, lo que empapa, es la esperanza y chispa optimista de una clase obrera, de un pueblo mapuche, de campesinos enaltecidos por el nuevo mundo que se les abría por delante. 

Un destino con dignidad, al fin. 

***

Entre septiembre de 1970 y noviembre de 1971, Patricio Guzmán y su atomizado equipo de filmación registraron las curtidas caras de mineros, obreros, mapuches, convencidos de estar saliendo del régimen medieval del patrón todopoderoso. Anhelantes de ser protagonistas de una historia que el gobierno socialista de Salvador Allende les ofrecía como moneda de cambio en un intento inédito en el mundo, sin armas, sin revolución, de lograr lo mismo que Cuba obtuvo por medio de la fuerza. 

De esta manera, Salvador Allende fue el primer presidente socialista en llegar al poder de manera democrática. De hecho, al inicio del documental la voz de Patricio Guzmán nos cuenta que guardaba en su escritorio un ejemplar de las obras completas del Che Guevara. La dedicatoria cobra otro significado cuando se sabe el final de la historia: 

“A Salvador Allende, que aspira a lo mismo por otros medios, Che”. 

 “El primer año” es un registro valioso de las emociones y mentalidad de las bases: del pueblo raso, del proletariado mismo sacando la voz, dando la cara. Sin la mediación paternalista o la mirada asistencialista de la izquierda caviar. 

Si “Realismo socialista”, la gran película de Raúl Ruiz recién restaurada subía el volumen en su genial crítica a la élite burguesa “progre” con tanta calle como una pantufla, Patricio Guzmán simplemente la omite. ¿Resultado? Más que propaganda, más que proselitismo, se trata de un agudo registro etnográfico de personas con conceptos claros, informadas, con pensamiento crítico y con dolores, muchos dolores a cuestas. 

La esperanza de cambio, la posibilidad de que el modelo abusivamente medieval fuera reemplazado por uno que fomentara la ausente igualdad social, fue el pase gol perfecto para que el público francés e internacional se metiera de lleno en la inmersiva apuesta de “El primero año”.

La lucha de los mapuche por la recuperación de sus tierras, por ejemplo; el trabajo de los mineros en la faena del cobre y sus opiniones a favor frente a la nacionalización del “pan de Chile” o el abuso contra los trabajadores de la textil de la familia Yarur, obligados al descuento de sus propios sueldos para costear la estatua erigida con el semblante del todopoderoso patrón, son ampliamente registradas y dispuestas en una trenza que desnuda el abuso diario. La rutina de la humillación, la normalización de la injusticia y la indolencia de la casta chilena frente a sus constantes excesos y atropellos. 

“El primer año” fue el Big Bang de una carrera extraordinaria: el ganador del Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales 2023, Patricio Guzmán, es la conciencia y reserva moral de un país que -perdónenme la frase- parece haber vendido su alma al diablo. Al materialismo. A la carencia de solidaridad. Al individualismo más miserable. Al modelo neoliberal impuesto a la fuerza por la dictadura cívico-militar. A la doctrina del shock que aún nos tiene pendiendo de un hilo. 

“El primer año” entonces es la piedra sobre la cual Guzmán construyó su cuerpo de trabajo. Es el germen de “La Batalla de Chile”, la portentosa trilogía con la que Patricio Guzmán seguiría poco después -y con la ayuda de Marker- registrando durante la UP el auge de la derecha golpista, el boicot económico y la guerra sucia de la CIA, Richard Nixon y la figura de criminal con la que debería ser recordado su cómplice, Henry Kissinger

Ya desde su primer documental Patricio Guzmán deja en claro su estilo sobrio, elegante, sin aspavientos y marcadamente observante: una forma y fondo enmarcada dentro de los principios establecidos por el movimiento latinoamericano Tercer Cine, enfocado más que nada en innovar dentro del uso del lenguaje cinematográfico y en crear un cine político que tomara en cuenta cuestiones sociales del momento y que rompiera de manera radical con la pasividad del espectador.

El cine de Patricio Guzmán, de este modo, siempre ha seguido esa señalética y su posterior filmografía continuaría con esa señera contundencia en su otra magnífica trilogía: 

Primero, “Nostalgia de la luz”, 2010, donde conecta poéticamente la astronomía y las estrellas sobre nuestras cabezas con el horror de la dictadura y sus secretos crímenes esparcidos bajo nuestros pies y por el desierto de Atacama.

Segundo, “El botón de nácar”, de 2015, instancia sublime en la que reúne dos temas sin aparente ligazón: el botón de nácar por el que Jemmy Button, un originario yagán, aceptó viajar a Inglaterra; y el botón de camisa incrustado en rieles rescatados del mar y a los que se amarraban los cuerpos de los detenidos y asesinados arrojados al mar durante la dictadura de Pinochet para que nunca subieran a la superficie.

Y tercero: “La cordillera de los sueños”, de 2019 y una mirada, de nuevo novedosa y profundamente reflexiva, sobre la identidad chilena conectada la omnipresencia de Los Andes, sin perder, claro, las aristas políticas y criminales de la dictadura. 

Su más reciente trabajo, “Mi país imaginario”, de 2022 –sobre el estallido y revuelta social en Chile que buscaba emparejar la desigual cancha social– transmite la misma esperanza que “Mi primer año”: testimonios de chilenos y chilenas cansados de la postergación y ansiosos por la siempre negada justicia social. Pero si ambas películas, la primera del realizador y la más reciente comparten la misma ilusión por los cambios, a la vez ambas terminan chocando con la misma desazón de la realidad… En el registro de “El primer año” aún no ha ocurrido el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973; y en “Mi país imaginario” el fracaso de la primera convención constituyente, el 4 de septiembre de 2022, no era todavía una realidad.

“El primer año” entonces (como pasa en otra medida con “Mi país imaginario”) funciona como  un artefacto único. Una máquina del tiempo que nos moviliza a los setenta antes del golpe, que nos lleva a un año y momentos irrepetibles. 

La física actual nos dice que viajar al pasado sería imposible. Solo podríamos movernos hacia el futuro basados en los principios de la teoría de la relatividad. Pero cuando uno se expone a “El primer año”, cuando atestigua la nitidez y realismo de su registro en la pantalla de cine, da para sentirse Marty McFly. Da para sentirse el protagonista de “La jetée” y da para cerrar el círculo: el espíritu de Chris Marker, el hombre que alcanzó fama mundial con su mediometraje canónico “La jetée”, sobre un viajero en el tiempo, sobrevuela este filme que resulta, hoy en día, un esperanzador y nítido viaje al pasado de un Chile con anhelos de transformaciones y justicia social.