Crónica

Todas las vidas de Roberto Thieme (1942-2023)


Enemigo de Allende, opositor a Pinochet, frenteamplista y peronista

Fue el demonio de la Unidad Popular, el más buscado y odiado. Secretario general del Frente Nacionalista Patria y Libertad, simuló su muerte para pasar a la clandestinidad y formar una guerrilla con la que combatiría al gobierno de Salvador Allende. Luego del golpe de 1973, tomó distancia de la dictadura y criticó el curso neoliberal y los crímenes. Despreció a sus antiguos compañeros por “vendidos al capital” y “mercenarios”. Transitó a la izquierda y terminó apoyando al Frente Amplio y la causa mapuche. En esta entrevista realizada en Buenos Aires poco antes de su muerte, donde vivía, contó sobre su rol en la Unidad Popular, sobre su toma de conciencia de los crímenes de la dictadura y su identificación con el peronismo. Y se lamentó de su matrimonio con Lucía Pinochet. “Fue el peor error de mi vida”.

El hombre que está sentado en la cafetería de una estación de gasolina del partido de San Fernando, al norte del Gran Buenos Aires, tiene ochenta años y una historia que excede una vida. Mueblista, pintor, piloto de avión, guerrillero de extrema derecha devenido en izquierdista. Roberto Thieme fue el segundo del Frente Nacionalista Patria y Libertad y en su momento el más buscado por el gobierno de Salvador Allende, al que se propuso combatir por las armas. Armó un Frente de Operaciones que realizó sabotajes, atentados, intentos de golpes de Estado con apoyo de Colonia Dignidad, de los gremios empresariales chilenos y de Estados Unidos, cómo no. Simuló su propia muerte para liderar desde la clandestinidad una guerrilla que pretendía el apoyo de militares argentinos y de la oficialidad joven del Ejército chileno, cosa que logró a medias: el frustrado golpe de junio de 1973, conocido como el Tanquetazo, fue instigado por él y su grupo. Para el 11 de septiembre de 1973 estaba preso en la Penitenciaría de Santiago, acusado de sedición y el robo de un avión. Salió de Chile luego de un proceso judicial express, y a diferencia de sus compañeros de lo que llamaban el movimiento nacionalista no sólo no ocupó cargos en la dictadura sino que se opuso a ella desde la segunda mitad de los setenta, primero por el rumbo neoliberal de la economía y luego por los crímenes masivos contra opositores. Vivió en Buenos Aires, Ciudad de México, Londres, Miami, Islamabad, Santiago. A comienzos de los ochenta planeó un golpe de Estado contra Pinochet, participó de la campaña del No en el Plebiscito de 1988 y apoyó las candidaturas a la presidencia del Frente Amplio en Chile. A esas alturas se declaraba anticapitalista y antioligarca de izquierda. 

Todo eso, en muy resumidas cuentas, protagonizó el hombre de pelo cano y gamulán crema sin arrugas ni manchas que espera sentado leyendo un libro. Historia de las instituciones políticas y sociales de Chile, de Jaime Eyzaguirre. Cuando me ve entrar, se pone de pie con una sonrisa al tiempo que estira su mano a modo de saludo.

-Ya debes saber quién soy -dice. 

Y como si fuera cosa fácil saber quién es hoy ese hombre, una amalgama de todas las creencias políticas posibles, al poco de comenzar a conversar en la cafetería de la gasolinera, casi de entrada, agrega otro dato de una biografía improbable:

-Tú sabes que estuve casado con Lucía Pinochet a comienzos de los noventa, ¿cierto? -pregunta, al tiempo que menea su cabeza y dibuja una mueca de lamento-. Bueno, fue el peor error de mi vida, el peor. Y eso que en mi vida he cometido muchos errores. 

Como si debiera alguna aclaración, como si esa sombra que lo persigue de por vida fuera la peor de sus sombras y mereciera un atenuante, Thieme dice luego que se conocieron cuando ambos vivían en Miami, a comienzos de los noventa, y que fue ella quien lo buscó y lo engatusó. Al tiempo estaban casados por la ley estadounidense y cada año de los cuatro que estuvieron juntos viajaban a Chile para visitar en fiestas de fin de año a hijos y familiares. Y fue en una de esas juntas familiares -en una recepción en el hotel Sheraton- que Thieme dice haber conocido a su suegro de entonces.

-¿Así que usted es el famoso Roberto Thieme? -dice Thieme que dijo Pinochet, a modo de presentación. 

Luego de ese capítulo, si es que un matrimonio puede ser llamado así, el famoso Thieme se casó con una profesora británica de literatura inglesa y se radicó con ella en una casa de San Fernando, treinta kilómetros al norte de la Ciudad de Buenos Aires, poblada de casas quinta y clubes de yates al borde del río de La Plata. 

Cuando me reuní con él, en mayo de 2023, Thieme llevaba casi quince años viviendo ahí como un ciudadano cualquiera, sin la atención que tenía en Chile. Había vivido en Buenos Aires varias veces en su vida y la última y definitiva ocurrió con el advenimiento del kirchnerismo, al que decía admirar y apoyar. Un nacionalismo de verdad, con sentido social y antioligarca, definió, algo no muy distinto a lo que decía defender desde los años sesenta.  

-Yo soy peronista, siempre lo he sido: fui, soy y seré justicialista, por eso estoy acá y no en Chile. 

Por eso también en 2016, al poco de iniciado el gobierno de Mauricio Macri, partió junto a su esposa a vivir a Pakistán, donde ella consiguió trabajo en una escuela privada de habla inglesa. Se había prometido irse de Argentina si Macri o cualquiera de la coalición de la derecha argentina ganaba la presidencia. Volvió poco después de que el peronismo recuperara el poder, a fines de 2019. No se le pasó por la cabeza volver a Chile, donde están sus hijos y sus nietos. Me dijo que Chile y el curso que tomó la política chilena le revolvía el estómago. Me dijo también que sus seis hijos, a excepción de uno que vive en Estados Unidos, son fachos. Usó esa expresión: fachos. Procuraba ir lo menos posible a su país, aunque el estallido social y luego el triunfo de Gabriel Boric, al que apoyó públicamente en la campaña a la presidencia, le devolvió en algo la esperanza. 

-Para mí es deprimente lo que ha pasado en Chile. Creí que después del 18 de octubre (de 2019) venía un cambio, que íbamos a cambiar el neoliberalismo por poderes de centro en una economía si tu quieres keynesiana, pensé que podíamos transitar hacia un sistema político con sentido social, lo que es un poco el peronismo acá, y me equivoqué. Si me preguntas por qué estoy acá, te digo que me identifico con un gobierno como este, con sentido nacionalista y social, antioligarca, aunque entiendo también que en la práctica el gobierno no ha sido lo que fue el de Cristina ni menos el de Néstor y tiene además las manos amarradas por la oligarquía sojera y vacuna, que es la que domina la economía argentina. 

A Gabriel Boric lo conoció cuando este era presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile y Thieme pasaba una temporada en el barrio Lastarria de Santiago, donde arrendaba un taller y pintaba sus cuadros. Una noche, en un bar del barrio llamado Red Pub, se conocieron, conversaron, hablaron de política. Coincidieron en lo esencial: superación del neoliberalismo, reivindicación de tierras del pueblo mapuche, fortalecimiento de un Estado con acento social. En un posteo en Twitter fechado en junio de 2011, Boric escribió: “Ayer en un bar, me senté a conversar con un viejo que no conocía. Resultó ser Roberto Thieme, el segundo de Patria y Libertad”. 

Mueblista, pintor, piloto de avión, guerrillero de extrema derecha devenido en izquierdista. Roberto Thieme fue el segundo del Frente Nacionalista Patria y Libertad y en su momento el más buscado por el gobierno de Salvador Allende, al que se propuso combatir por las armas.

Políticamente ya se sentía lejos incluso de quienes habían administrado la transición a la democracia en Chile, para qué decir sus antiguos compañeros de lucha en tiempos de la Unidad Popular, a quienes llamaba “mercenarios” y “vendidos al capital”. Apoyó la candidatura de Beatriz Sánchez y más tarde la de Boric. Lo apoyó y seguía apoyándolo. “No te puedo decidir si me gusta todo lo que ha hecho, pero desde mi visión no puede hacer otra cosa. Sé que piensa distinto, que le gustaría hacer otra cosa, pero Boric aprendió la lección de Salvador Allende, un hombre que respeto y admiro, por su coraje y consecuencia, pero Allende cometió errores grandes”. 

Para entonces, cerca del mediodía de un viernes de mediados de mayo, ya estábamos sentados en una parrilla de barrio que él frecuentaba en San Fernando, cercana a la estación Victoria. Lo había contactado para hablar sobre Álvaro Puga y el contenido de unos documentos secretos elaborados por el censor, propagandista y asesor y ghostwriter de Pinochet que derivaron en el proyecto multimedia El primer civil de la dictadura, publicado en Anfibia Chile. 

Thieme lo conocía medianamente bien, porque a comienzos de 1973, una vez que robó un avión y simuló su muerte y hasta arregló su funeral, Puga entró a la directiva de Patria y Libertad. Y a Thieme no le pareció nada bien que gente como Puga entrara al movimiento. En los días posteriores al golpe, mientras seguía preso en la Penitenciaría de Santiago, tuvo que comparecer varias veces ante un fiscal militar en el edificio de las Fuerzas Armadas, frente al Palacio de La Moneda, y ahí constató que Puga era el único civil al que veía pasearse entre uniformados, un hombre alto y pálido y grave, con carpetas bajo el brazo. “Efectivamente Puga fue el primer civil de la dictadura -asiente-, pero no era más que un personaje arribista y carismático, muy popular por sus columnas en La Segunda y en la radio Agricultura en los tiempos de la Unidad Popular, pero a fin de cuentas un mercenario, un oportunista, como muchos histéricos anticomunistas que entraron a militar a Patria y Libertad y luego se acomodaron en el poder”. 

Cuando Roberto Thieme habla de los histéricos anticomunistas, cosa que hará con frecuencia esta tarde de invierno, lo hace con rabia y desprecio, como si masticara algo que le deja un mal sabor en el paladar. Una nuez podrida, la cáscara de un limón verde. Dice que en el movimiento había dirigentes como Pablo Rodríguez que se empeñaban en “barrer para adentro mientras yo barría para afuera”, esto es, que querían hacer lote, mostrar fuerza con “cualquier aparecido”. Y dice que aparecidos hubo de sobra una vez que robó ese avión en Concepción, simuló un accidente en el mar y pasó a Argentina para armar lo que pretendía ser una guerrilla.   

A comienzos de los ochenta planeó un golpe de Estado contra Pinochet, participó de la campaña del No en el Plebiscito de 1988 y apoyó las candidaturas a la presidencia del Frente Amplio en Chile. A esas alturas se declaraba anticapitalista y antioligarca de izquierda. 

-Una vez que pasé a la clandestinidad, todos los operativos hechos por Patria y Libertad fueron responsabilidad de quien me reemplazó, un periodista mercenario como era Manuel Fuentes Wendling, que hasta el día de hoy tengo dudas de que haya sido un peón de la CIA. Él tuvo la genial idea de meter al Frente de Operaciones a gente como el Wally (Roberto Fuentes Morrison), a gente como Michael Townley y esa loca de su mujer, la Mariana Callejas, y ya ves los resultados.

Álvaro Puga, el Wally, Michael Townely, Mariana Callejas. Como tantos otros, los cuatro fueron parte de Patria y Libertad y terminaron siendo instrumento de la represión. Cuando termina de repasar esos nombres, algo cambia en el semblante de Thieme. Ahora está contrariado, incómodo. No quiere seguir conversando de lo que llama “episodios menores protagonizados por segundones". Lo dice con desprecio, como quien escupe otro mal sabor, pero con consideración por la persona que tiene enfrente, disculpándose, diciendo que no es nada personal. El tema lo indispone. Entonces pide una cerveza de litro y dos vasos y me pregunta sobre asuntos personales: qué hago en esos días en Buenos Aires, si estoy casado, si tengo hijos, qué he leído últimamente. Le cuento y me cuenta luego de Isabella, su esposa británica,  y me da un consejo: “Si hay algo que aprendí en la vida es que jamás debes sacar a tu mujer de su tierra y llevarla a tu país. Nunca. A lo más, como hice yo, buscas un país neutral”.

-Hi, darling.

Thieme responde a un llamado de su esposa, que quiere saber si está bien y si necesita un taxi para volver a casa. Y sí, necesita un taxi. Corta y se me queda mirando:

-No te lo tomes a mal, por favor, pero por ahí lo que estás haciendo no tiene ninguna importancia. ¿Álvaro Puga? ¿Tú crees que eso le interesa a los chilenos? ¿Un personaje tan menor? En el contexto de una contrarrevolución que cambió la estructura de un país, que rompió con el pasado, un país donde nadie lee, sin cultura cívica, ¿a quien puede interesarle?  

A estas alturas Thieme parece aburrido de hablar de terceros, quizás quiere hablar de sí mismo. Quizás sólo tiene hambre: son pasadas la una de la tarde, y “para un alemán como yo, la hora de almuerzo es sagrada”. Pide una tortilla de papas.

 -Estábamos hablando de Allende hace un rato -dice, acercando la botella de cerveza a mi vaso-. De Allende y sus errores. En mi modestísima opinión, se equivocó geopolíticamente en el contexto de la Guerra Fría, además de equivocarse con su partido, el Socialista, al deberle lealtad y seguirle el amén. Cuando nosotros ya habíamos propiciado el Tanquetazo, Allende se dio cuenta de que había que negociar con la Democracia Cristiana, porque no podemos olvidar que él sacó sólo un 36 por ciento en la votación para ser elegido presidente, pero Salvador (le digo así, le hice los muebles), por ser leal con su partido y no hacerle caso al Partido Comunista, no puede seguir avanzando en esa línea. Los soviéticos le dijeron muy claramente que no querían meterse en otra Cuba, y así y todo, cuando se sentó a conversar una salida con Aylwin, su partido no le permitió negociar y transar. Hasta un mes antes del golpe había cinco generales del Alto Mando del Ejército, partiendo por Carlos Prats, que estaban apoyando el proceso y querían salvarlo. Pero claro, estaba la Marina y el Departamento de Estado saboteando por debajo. En un contexto de Guerra Fría, un país insignificante como Chile, salvo ser la primera reserva de cobre, no podía darse el lujo de desafiar al imperio. Eso es quizás lo que ha entendido Boric, que no puede desafiar a los poderes dominantes actuales, léase poderes económicos y sociales, y para qué decir las Fuerzas Armadas, aunque cada tanto rompa y desafíe las transas con el Congreso. 

-¿Y qué crítica haces tú? 

-Estoy harto y cansado de explicar y defenderme. Quiero decir que nunca en Patria y Libertad, mientras yo estuve de secretario general, y después cuando creé el brazo militar, nunca propicié una política de exterminar o de matar o de torturar al enemigo, ahí puedes revisar mis memorias, ahí cuento eso. Yo puedo tener muchos defectos, pero loco y desquiciado nunca fui.

-Pero propiciaste el golpe. 

-Sí, claro, lo propicié, y tengo responsabilidad en eso. 

-¿Y cuándo tomas conciencia de los horrores del régimen?

-Yo volví el 75 a Chile y todavía no estaba enterado del problema de la represión y los derechos humanos, o sea, sabía que había represión, cuando estaba en la cárcel escuché y vi cosas, pero yo me tragué ese sapo de que las denuncias a violaciones a los derechos humanos eran producto de una campaña de la Unión Soviética para desprestigiar a la Junta. ¿Cuándo dejé de creer? El 76, precisamente por mis vínculos con Argentina, por mi formación peronista. A mí lo que me dio el click, lo que me dio la vuelta de tuerca, fue el asesinato del gerenal Prats y luego lo de Letelier, pero la verdad es que todavía yo no relacionaba del todo hasta que el 76 fui a París por el tema profesional de los muebles y me encontré con la noticia del asesinato de Letelier y luego con un reportaje de la televisión pública francesa sobre Chile y ahí le dije a un chileno que habia sido de Patria y Libertad que cómo podía ser posible que no nos hubiésemos dado cuenta… Te estoy dando la lata, lo siento, me revuelve el estómago este tema… La cosa es que con ese programa de televisión yo desperté a la realidad. Hasta entonces le creía a las versiones oficiales, a El Mercurio, que parecía tan serio.

-¿Ahí rompiste con la dictadura?

-Yo creo que mi ruptura pública fue en 1983, cuando di una entrevista a la revista Análisis, critiqué lo que estaba pasando, quemé las naves y me vine para acá. Me acuerdo haber estado con mi mujer en un hotel en Buenos Aires por esa época y veo a Sergio Onofre Jarpa reunido con Javier Vial Castillo, gran personaje de la derecha económica chilena, poco antes de que nombraran al primero ministro del Interior. O sea, la oligarquía estaba negociando y dando el beneplácito a esa designación. Pinochet salvó el proyecto neoliberal con el nombramiento de Jarpa, que respondía al apoyo de la derecha económica y, por supuesto, al Departamento de Estado norteamericano. Jarpa representaba eso, a la oligarquía chilena, la dueña del capital. A nosotros en Patria y Libertad nos cargan mucho la mano con eso, pero el líder de la oposición a Allende fue Segio Onofre Jarpa, un hombre del alma y del ADN de la derecha tradicional. Yo no. Yo soy alemán, hijo de inmigrantes alemanes. Mis padres administraban campos de la oligarquía, pero yo nunca fui de la oligarquía, yo estudié en escuelas y liceos públicos chilenos y argentinos, no en el Colegio Alemán, ¿me entendés? 

Había comenzado a llover y pidió otra cerveza de litro. Me preguntó por el proceso político chileno, por el nuevo proceso constitucional, por el auge de la ultraderecha. Preguntó pero estaba perfectamente enterado de todo lo que ocurría en Chile y Argentina y, por cierto, tenía una opinión. 

-El Estallido de 2019 me pareció una respuesta lógica. La historia nos enseña que cuando los pueblos son maltratados y oprimidos por un modelo económico abusivo, en este caso neoliberal, tarde o temprano estallan, como en la Revolución Francesa. Ojalá hubiera sido así, ojalá hubieran cortado cabezas en Chile… O sea, ya ves, sigo siendo un extremista. 

Thieme sonríe maliciosamente, celebrando lo que acaba de decir. Pero esa sonrisa se desdibuja de golpe cuando le pregunto por el auge de la ultraderecha y la identificación de esos grupos con una supuesta identidad nacionalista.

-Ay, no, no me lleves para allá, por favor. Eso me da urticaria, eso no es nacionalismo. ¿Por qué (José Antonio) Kast es el líder de la oposición? Porque domina los medios de comunicación y tiene el apoyo de la derecha económica; están todos embarcados en ese proyecto que llaman republicano. Por favor… Te voy a pedir que no me jodas el almuerzo hablándome de ese nacionalismo. Es lo mismo que si tú me dijeras que acá Massa o Alberto (Fernández) no son neoliberales manejados por el FMI. No tienen los huevos para enfrentar a la derecha que dejó endeudado este país. Ahora, te voy a decir una cosa. Si llega a ganar acá ese energúmeno de Milei o alguna otra gente de derecha, me iría otra vez de este país. No sé a dónde mierda me iría, pero me iría. 

Cuando me reuní con él, en mayo de 2023, Thieme llevaba casi quince años viviendo en Buenos Aires como un ciudadano cualquiera, sin la atención que tenía en Chile.

Salimos a la calle y llueve fuerte. Thieme se acomoda el gamulán crema y abre un paraguas que por cierto es un paragua elegante, de cacho de madera. Al cruzar una calle, salta una poza y por poco trastabilla y cae. Tiene los mocasines empapados, se los observa y levanta la mirada. Lo estoy mirando y sonríe: 

-Tú te estarás riendo de este guerrillero viejo, todo cagado, que no puede saltar un charco. 

Caminamos a la gasolinera donde lo recogerá un taxi. Bajo el paraguas, me dice que los temas de los que conversamos lo ponen mal, que le duele hablar de su pasado, que le pesan los muertos, el daño, los errores, que vive con eso. En la gasolinera subimos al asiento trasero del taxi, que me encamina a la estación del tren Mitre. Sin que nadie le pregunte, el taxista habla de lo mal que está el estado de las calles, las calles, la inflación, el país, y que el único que puede poner orden y barrer con la casta es Milei. Thieme me lanza un codazo y sonríe, burlón. Nos despedimos, quedamos de vernos el otro mes en su casa de San Fernando, luego de un viaje a Chile que tiene comprometido. Un viaje en el que se quedará en un hotel, como hace siempre, me dice, “para que no me jodan”. También tiene pensado un viaje a Estados Unidos, donde planea volar junto a su hijo de una costa a otra. Un hijo piloto como él, el único que no es facho. 

Dos semanas después recibo un Whatsapp. Es Roberto Thieme. Me dice que viene saliendo de la Clínica Alemana de Santiago y que le acaban de diagnosticar un cáncer terminal al páncreas. Ya no nos podremos juntar, obviamente, me dice: le dieron dos meses de vida y no vuelve más a Buenos Aires. Escribe: “Fue muy grato conocerte, conversar, compartir contigo ese almuerzo. Me despido deseándote éxito y reconocimiento por la obra que estás escribiendo”.

Dos meses después, un domingo 1 de octubre de 2023, la familia de Walter Robert Thieme Schiersand anuncia su muerte. También anuncia que los funerales “serán estrictamente privados”.