Crónica

Migración e interculturalidad


La escuela como refugio

Más del 7% de los estudiantes hoy en Chile son migrantes. Es en las escuelas donde niños, niñas y adolescentes comparten con nacionales y extranjeros, aprenden el español chileno, se integran y dejan de lado -aunque sea por un lapso de horas- el duelo migratorio. Las escuelas se configuran como un espacio seguro, donde pueden comprender mejor el país al que llegaron, su idiosincrasia y costumbres. Esta crónica de Fredi Velásquez y Lucero Chávez muestra cómo juegos, conversaciones, músicas y deportes transforman las realidades y posibilitan la interculturalidad en distintos espacios de la Región Metropolitana.

La periodista Cecilia Anriquez se para frente a los estudiantes y lanza la pregunta: ¿quiénes son migrantes? Cuatro o cinco niñas y niños alzan la mano. 

–¿Pero ustedes saben qué es ser migrante? –indaga ella. 

–¡Es venirse de otro país! –contestan algunos. 

–Pero un migrante también puede ser alguien de otra ciudad o región… ¿Nadie de aquí es de fuera de Santiago? 

Ahora son más de quince las manos en alto. 

–Y, ¿saben? –continúa Cecilia– una persona también puede ser migrante por el simple hecho de cambiarse de casa. A ver, de los que no han levantado la mano, ¿quiénes se han cambiado alguna vez de casa? Ah, ¿y cuántos de ustedes tienen familiares que vienen de otro país, o de otra ciudad o que alguna vez se cambiaron de casa? 

Todos levantan la mano. 

–¿Vieron? Todos somos migrantes. 

Cecilia nació en Francia, sus padres son chilenos y llegó a Santiago cuando era niña. Preocupada por discursos xenófobos que empezó a escuchar en Chile en los últimos años, decidió crear la fundación Cámara Mágica y contar, en las escuelas, lo que es ser migrante. Más allá de los estereotipos, de la tragedia o de lo que sale en los medios de comunicación. 

Lo ha hecho en Sierra Gorda, Santiago, Quilicura, Renca y Chiloé. “Así, este niño que hablaba de migración como si fuese un asunto de extraterrestres, se va dar cuenta que su papá, mamá, que su afectos son migrantes. Entonces, la pregunta es ¿cómo puedo tenerle tanto terror a alguien que es mi mamá?”, dice sobre la actividad, que también involucra a profesores y apoderados.

“Estoy convencida del poder de las historias para hacer la transformación en las salas de clases”, afirma. 

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Más de 200 mil niños, niñas y adolescentes migrantes viven en Chile. Y a abril de este año, 7,4% del total de estudiantes en el país son extranjeros. 

Cada uno de ellos ha tenido que lidiar con el duelo migratorio, con el dolor y con las expectativas frustradas del lugar al que llegaron. También por la comparación entre un sitio con vínculos afectivos y otro nuevo, al que debieron adaptarse y desarrollar nuevos lazos. 

Eso sin contar sus historias personales: muchos niños, niñas y adolescentes han llegado por pasos no habilitados, recorriendo toda Sudamérica y se han encontrado con un país que no imaginaban. Una vez en Chile debieron empezar una nueva vida, lejos de sus afectos, en lugares con costumbres distintas y con padres que trabajan todo el día. 

Las escuelas aparecen como un refugio. Allí comparten con nacionales y extranjeros, aprenden el español chileno, se integran, comprenden mejor el país al que llegaron, más allá de lo que ven en televisión o de los resultados de encuestas que evidencian la preocupación de los chilenos por la migración

Diego González y Monserrat Jorquera, de la organización Amar Migrar, hacen clases de español todos los miércoles en la escuela German Riesco de Maipú a niños, niñas y adolescentes haitianos de entre 7 y 16 años que viven en el campamento Fe y Esperanza. Cerca de 400 personas habitan el terreno, casi todos migrantes en situación irregular.

Diego y Monserrat usan el bordado como una nueva forma de enseñanza. La mayoría ha escrito las mismas frases sobre la tela: “te amo, papá” o “te amo, familia”.

Pero Wislandia Fortiuls (13) no sigue el patrón. 

Sus dedos largos se mueven rápido con la aguja y el hilo. Sobre la tela blanca está bordando una M y una W. M por una amiga que tenía en Haití, de donde salió el año 2017; la W por su nombre.

La razón es simple: ella casi no conversa con sus padres. Su papá se quedó sin su trabajo en la construcción, su mamá trabaja hasta tarde haciendo aseo en el mall y casi no la ve por lo cansada que está. 

Este niño que hablaba de migración como si fuese un asunto de extraterrestres, se va dar cuenta que su papá, mamá, que su afectos son migrantes. Entonces, la pregunta es ¿cómo puedo tenerle tanto terror a alguien que es mi mamá?

Cecilia Anríquez

Como muchas adolescentes, Wislandia no le cuenta a sus papás lo que pasa en su día a día. Mucho menos sobre algunos episodios de racismo y discriminación con los que ha tenido que lidiar. Sin despejar la vista del bordado, recuerda cuando un niño chileno la empujó por detrás en el casino del colegio. “Quítate, negra”, le dijo.

Wislanda no recuerda esos momentos con pena ni vergüenza. Para ella, su nacionalidad y color de piel son todo lo contrario. Un motivo de orgullo. 

— Ellos deberían acostumbrarse. Porque no todo en la vida va a haber puro blanco, blanco, blanco. Tienen que acostumbrarse po.

Sí, Wislandia usa el “po”. Aunque su idioma natal es el creole, habla como quien ha pasado toda una vida en el país. 

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Discriminación, racismo y xenofobia al interior del sistema educativo son las principales denuncias que recibe el Mineduc sobre la realidad de los estudiantes migrantes. A partir de la ola migratoria, trabajan para actualizar el documento “Política de estudiantes extranjeros” y mejorar la oferta de matrículas en los territorios de mayor demanda.

La educación en la diversidad es muy importante para niñas, niños y adolescentes, dice Caterine Galaz, directora de estudios de Prodemu, que cuenta con un programa para mujeres migrantes. Para eso, advierte, es necesario que se fomente “la integración mixta, es decir que haya más diversidad en las escuelas, que se vea, que se relacionen en la cotidianidad, los estudios, los juegos, en los parques, en todos los lugares, en las zonas residenciales”.

Aunque quienes estudian los fenómenos de integración destacan que cada vez son más los docentes dispuestos a eliminar las situaciones de xenofobia en el aula, insisten en que es difícil que esto ocurra sin políticas públicas más consolidadas. 

“En Chile hay una política nacional para estudiantes extranjeros, pero es un conjunto de propuestas que no vienen acompañadas de una institucionalidad que las viabilice. Tampoco con presupuestos. Al final, queda como a la voluntad o a los esfuerzos que hacen en cada establecimiento”, dice Patricia Loredo, coordinadora ejecutiva de la Corporación Colectivo Sin Fronteras, que fomenta la convivencia intercultural y el resguardo de la dignidad y los derechos de las personas en situación de movilidad. 

Hace un mes, el Colectivo Sin Fronteras invitó a niños y niñas a dibujar cómo se imaginaban la amistad entre personas de distintos países. Sergio, de 12 años, dibujó una cara feliz color turquesa y la bandera de su país. Al lado escribió: “Quiero decir que no identifiquen a Colombia con los narcotraficantes, mejor que nos conozcan antes de criticarnos, somos un país muy lindo”.

Katherine, de 10 años, dibujó a un niño con la bandera de Bolivia y una niña con la de Chile. Los dos se toman de la mano y en medio nace un pequeño corazón rojo. Y el mensaje: “La amistad no tiene porqué ser siempre de un solo país, también los niños de distintos países pueden formar una amistad muy grande”.

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En el liceo Eliodoro Domínguez de Santiago, un establecimiento técnico profesional que desde 2012 es administrado por la Usach, 38% de sus alumnos son extranjeros, la mayoría venezolanos y peruanos. El porcentaje aumenta cada año.

Ahí, el intercambio cultural ha llegado de dos formas: la música y el lenguaje. De a poco los playlist se han ido cargando hacia la música caribeña: Esa hembra es mala, de Gloria Trevi; Imitadora, de Romeo Santos; Or Nah, de El dios del trap suenan en los pasillos del liceo. Y ya son varios los chilenos que han adoptado palabras como chévere o marico. 

Saray Enríquez vino desde Cali, Colombia. Ya casi no recuerda su país natal. De Santiago le impactó la cantidad de edificios, el tráfico y el bullicio de las capitales. Ella, en cambio, vivía en una ciudad pequeña. También le costó entender a los chilenos. Con el tiempo se ha ido acostumbrando a esas diferencias. En el liceo cada vez se siente más acompañada.

—Me llevo bien con todos. Trato de llevarla calma con todo el mundo. Me cae mal mucha gente, obviamente, pero yo no intento causar problemas ni nada.

Su mejor amiga es Alejandra Garrido, alumna chilena del liceo. Las dos bailan canciones de Romeo Santos, pegando cadera con cadera, mejilla con mejilla, vuelta para aquí y para allá. 

Sí, Wislandia usa el “po”. Aunque su idioma natal es el creole, habla como quien ha pasado toda una vida en el país. 

—Es agradable congeniar y aprender otras culturas. Sé que cuando culpan a un inmigrante venezolano o peruano de haber hecho algo malo, como un robo, es algo de una sola persona. No por toda la comunidad —cuenta Alejandra. 

Según la última edición de Pulso Ciudadano (Activa), los chilenos creen que la delincuencia aumenta por la migración irregular (66%) y por el incremento del narcotráfico (48%). Esto, pese a que todos los estudios muestran que el involucramiento de migrantes con delitos es proporcionalmente inferior que el de los chilenos. 

En el aula, más que centrarse en las diferencias, los profesores han intentado mostrar qué similitudes tienen quienes estudian en el Eliodoro Domínguez de Santiago. Cómo son sus realidades económicas y familiares, a qué se quieren dedicar a futuro, cuáles son sus sueños y temores. 

En el patio del liceo hay un mural de una mujer sosteniendo el mundo entre sus manos. No tiene banderas de ningún país. 

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El liceo comercial A-24 empezó a cambiar su composición a partir de 2013, cuando llegaron los primeros migrantes. Hoy es el establecimiento con mayor cantidad de extranjeros en toda la Región Metropolitana. En total, son el 86% de la matrícula, según cuenta el director Giovanni Mora. La mayoría son venezolanos, aunque también hay peruanos, colombianos y una niña de Zambia.

Los chilenos del A-24 se han adaptado rápidamente. Estudiantes y profesores coinciden que ahí no hay racismo o discriminación. En el patio, al recreo, se escuchan gritos y conversaciones en distintos acentos. Algunos bailan reggaetón. En la cancha, el fútbol sigue siendo la actividad predilecta. Aunque muchos reconocen que extrañan un espacio adecuado para jugar béisbol, el deporte más popular en Venezuela. También han podido hablar de sus sentimientos, viendo películas como Intensamente. 

Los padres y madres extranjeros han agradecido este tipo de instancias. Reconocen que a veces están superados por el trabajo y la instalación en un nuevo país. Y en esa realidad el liceo brinda contención a sus hijos.

“Creo que a veces somos los adultos los que nos hacemos los problemas. Que si nos van a recibir bien o no. Los niños, niñas y adolescentes no se hacen esos problemas, al contrario, reciben las diferencias muy bien, y se divierten también”, dice la psicóloga del establecimiento, Rebeca Romero. 

Lejos de la amenaza de la xenofobia, la mayor preocupación de los estudiantes migrantes es lo que va a suceder una vez que terminen la enseñanza media. Esto, pese a que al ser un técnico profesional, egresan con un título que permite postular a trabajos desde temprano. 

Es que en el tiempo que llevan en Chile se han dado cuenta que estudiar una carrera universitaria cuesta caro. Trabajar desde jóvenes, ganar una beca o endeudarse con el CAE son las opciones. 

Pero eso es un problema del futuro, porque ahora son estudiantes y lo que quieren es pertenecer. 

Con ese afán, dos alumnos crearon una cuenta en Instagram que sirve como medio de comunicación en la escuela. Ahí cuentan las noticias que para ellos son relevantes: las elecciones del centro de estudiantes, finales de campeonatos de fútbol y las canciones nuevas. Uno de los eventos que van a cubrir son las próximas fiestas patrias: los migrantes se preparan para bailar cueca. 

Lejos de la amenaza de la xenofobia, la mayor preocupación de los estudiantes migrantes es lo que va a suceder una vez que terminen la enseñanza media. Esto, pese a que al ser un técnico profesional, egresan con un título que permite postular a trabajos desde temprano. 

—Las fiestas patrias para mí es de las mejores épocas. Se hacen actividades, te dan libre para bailar, comes, disfrutas, es como un ambiente en el que uno se siente más acogido. Tengo amigos que son chilenos y te invitan a sus casas, a comer asado con sus familias. Es parte de integrarnos a la cultura—dice Valeria Giran, una estudiante venezolana de segundo medio. 

La fecha más importante del A-24 es el 12 de octubre: el día de la interculturalidad. 

Cada 12 de octubre el patio del A-24 se llena de banderas, de aromas, colores y canciones que provienen de distintos lugares de Latinoamérica. Cada uno exhibe su baile, su comida, su himno.

Los estudiantes migrantes celebran y bailan por Santiago junto a los chilenos. Muestran ese mix entre sus orígenes y dónde están ahora.