Crónica

Claudio Crespo, entre un libro testimonial y una sentencia


El carnicero de octubre

Entiende la vida similar a una guerra. Noticia reciente tras el fallido lanzamiento de su libro testimonial, el excarabinero acusado de cegar a Gustavo Gatica en noviembre de 2019 se piensa como un mártir abatido por la desgracia e incluso hay cercanos que lo ven como candidato a la presidencia. Es que la comandancia y la escopeta en ristre le conferían el poder que ya no tiene. Nostálgico de sus tiempos uniformados, fundador de un movimiento de ultraderecha y con Fiscalía pidiendo al menos 12 años de cárcel en su contra, manifiesta la más vigente de sus iras: si está donde está, es por nadie más que sus enemigos.

Por esas fechas todo le resultaba invivible. Los cuencos de plumavit donde llegaba la comida, el baño común, los muros grises de su celda, las visitas a gotas. La “traición”. Pero las lágrimas gruesas que le dedicó a la cárcel lo fueron un poco menos cuando abrió ese libro: El hombre en busca del sentido, de Víctor Frankl. 

Claudio Crespo (47) sintió que alguien comprendía el martirio que estaba —y está— seguro que padecía, que con el autor tenían algo así como un alcance de circunstancias; Frankl, psiquiatra judío de origen austriaco que cuenta sus vivencias en el Auschwitz nazi; Crespo, en prisión preventiva desde el 21 de agosto de 2020 por ser el presunto excarabinero que disparó a Gustavo Gatica y le causó ceguera total. 

Leía, decía:

—Yo no merezco esto. Yo no merezco estar encerrado.

Pero el 12 de octubre de 2021 salió del penal. 

Desde entonces, se ha convertido en pastor de lo que él considera su propia verdad. Esa prédica que victimiza a quienes organismos internacionales denuncian como victimarios. Que divulga en programas televisivos en vivo, como Sin Filtro o Caja de Pandora

Y la misma que escribió en G3: honor y traición, libro cuyo lanzamiento, el pasado 27 de marzo, se suspendió “hasta nuevo aviso” tras el revuelo en redes sociales que causó el anuncio del evento, en la sede de una de las principales librerías del país ubicada en el Mercado Urbano Tobalaba (MUT). Dar voz en la industria de los libros a radicales es una tendencia que supera las fronteras de Chile. Muchos, indignados, se preguntaban: ¿cómo es posible que en el mismo año del quinto aniversario del estallido social un libro salga a reivindicar a uno de sus mayores carniceros? 

Pero Claudio Crespo tiene sus fieles.

Va a misa los domingos, se engalana para entrevistas donde es presentado como héroe —hace días, por ejemplo, participó en Bad Boys, el programa de YouTube del ex candidato presidencial, Franco Parisi—, visita Punta Peuco para ver a su amigo Germán García Romero —carabinero en retiro condenado por el secuestro que llevó a la desaparición forzosa de Domingo Huenul en 1974— y preside Alternativa por Chile, movimiento político que fundó y que se proclama heredero de la dictadura de Augusto Pinochet.

También asiste a las audiencias de los tres casos en su contra: la querella del hombre de iniciales E.G, quien sufrió trauma ocular en marzo de 2018 y por la que Fiscalía solicita tres años de cárcel para el excarabinero; el caso de G.M, en el que Crespo figura como uno de los cinco posibles uniformados que habrían disparado al joven en múltiples partes durante el estallido social; y el caso de Gustavo Gatica, el ahora psicólogo que, el 8 de noviembre de 2019, fue cegado en sus dos ojos tras sufrir el impacto de perdigones que habrían sido disparados por Crespo, según Fiscalía. El Ministerio Público pide 12 años de cárcel para el ex uniformado, en calidad de autor.

El ex Gama 3 —rango institucional con el que se hizo conocido durante el estallido— confía más en sí mismo que en sus circunstancias, es católico empedernido, bebe whisky fresco y tiene el hábito de pensar en lo misteriosa que le parece la muerte. De facciones casi geométricas, su mirada de ojos arqueados no se decide entre escrutar o desconfiar. O ambas. El timbre parco de su voz es el de quien, por 27 años, acostumbró a dar órdenes o resignarse a obedecerlas. 

—Hay mucha gente que me quiere, pero también mucha gente que me odia—reconoce.

Y sí: hay personas que lo quieren con fervor y otras que le desean cárcel. 

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Osvaldo Muñoz, vicepresidente de Alternativa por Chile, ve en Crespo un “perseguido político” y a quien postularía como candidato a la presidencia de la República. La fotógrafa Sol Valdés (nombre ficticio) dice que Crespo, como capitán en Valparaíso, “jugaba a la guerra contra niños que tenían entre 12 y 17 años” en las movilizaciones estudiantiles de 2011. El abogado de E.G, Sebastián Velásquez, sostiene que el exuniformado disparó, “a un metro y medio de distancia”, 11 perdigones al rostro de quien quedó con un 10% de visión en su ojo izquierdo.

Claudio Crespo está casado, es padre de un hijo y tiene una empresa de seguridad. En su oficina, en el tercer piso de una casona de madera añeja en la comuna de Ñuñoa, guarda trozos de sus nostalgias. Una foto raída de su difunta madre, un cristo y su cruz, ejércitos reducidos a figuras y una miniatura de sí mismo como uniformado de las disueltas Fuerzas Especiales (FF.EE.), previo a ser dado de baja por descargar los videos de su cámara GoPro en un computador institucional, antes de entregarlos a la investigación. 

A su izquierda, un cartel de letras infladas que reza la palabra “FELIZ”. Frente a sí, lo suficiente para verla en cuanto alza la vista, una pizarra de plumón con una frase manuscrita. Dice: “G3, preso por defender a la patria”. 

Y lo que guarda en el cajón. 

Se pone de pie y eleva su 1.97 de estatura. Abre la primera gaveta a su derecha. Después del silencio, la pistola. La extrae del cajón. Marca Taurus, mango de roble oscurecido, cargador dentro. En su mano derecha brilla el plateado del arma y se la encaja, habituado, al cinto.

—Para defenderse— dice.

Está listo para ir adonde sea.

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Claudio Fernando Crespo Guzmán nació el 31 de mayo de 1976, en Viña del Mar. Hijo de José Crespo y Gladys Guzmán, creció como el tercero de cuatro hermanos hombres bajo el alero de una familia que le entregó una infancia “soñada”. 

—Mis padres nos imprimieron principios sólidos. Fueron excelentes referentes. Mi mamá era muy católica, hacía catequesis en el colegio. Entonces de chicos nos llevaba a la iglesia—dice.

De su educación en la Scuola Italiana Arturo Dell`Oro de la Región de Valparaíso, conserva el dominio absoluto del italiano. Su tendencia al ejercicio físico era lo único que tenía para sospechar de su posterior ingreso a Carabineros. Antes pensó periodismo, publicidades y hasta la abogacía. Prefirió otro lado de las instituciones. 

Preside Alternativa por Chile, movimiento político que fundó y que se proclama heredero de la dictadura de Augusto Pinochet.

Su entrada la Escuela de Oficiales de Carabineros fue insospechado: el antecesor de sus hermanos ingresó a la institución uniformada y él, más por arrastre que por determinación, le siguió ese mismo año. Era 16 de enero de 1994. 

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El exuniformado piensa a menudo en la muerte. En las que vivió, observó, escuchó. Su primer muerto —ese joven de 17 años de Renca que se colgó en la casa que compartía con su madre y cuya cuerda el entonces subteniente Claudio Crespo tuvo que cortar— fue como un tatuaje que no se pudo borrar nunca más. 

Aunque dice que, después, se le hizo normal. Que entre tanto homicidio y suicidio y atropello y calcinado, se acostumbró. 

Entre 1996 y 1999 trabajó en Renca y Pudahuel, comunas periféricas de la Región Metropolitana. El 16 de enero de 1999 lo ascendieron y en el distintivo de su pecho ya se leía “teniente”. Hasta ahí, mucho tráfico de drogas, riñas, armas. El caso de unos niños lanzados por su madre a un acantilado en Punta de Tralca. La madre que también se arrojó a las rocas. 

—Yo nunca he matado a nadie. Nunca he disparado con mi arma de servicio a alguien. Así como herirlo con munición real—dice.

Los octubres de Claudio Crespo serían marca eterna. No solo por el estallido, también por las muertes que trajo en su vida. El 25 de ese mes en 2006, el corazón de su madre se apagó. Crespo —como subcomisario en Malleco, en la Región de La Araucanía— estaba lejos y desprevenido. El dolor fue similar al que vivió el 12 de octubre de 2016, el día que falleció su padre. 

—Lo que más me generaba miedo era la muerte de mi mamá. Le tenía un terror inmenso. Y cuando murió para mí fue catastrófico. Estuve con licencia psiquiátrica. Tomaba alcohol seis días a la semana.

La muerte de su madre, cuenta, también mató algo de esperanza en él. Pero tiempo antes, el 1 de abril de 2006, llegó el ascenso que la institución le entregó: Capitán de las Fuerzas Especiales de Carabineros de Chile.

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Los primeros tiros que Claudio Crespo hizo con la escopeta de perdigones fueron en Malleco, en la Región de La Araucanía, el corazón del conflicto histórico entre el pueblo mapuche y el Estado chileno. 

A las sierras, donde disparó contra quienes él denomina “indios”, las percibió hostiles y desconocidas. 

Era él, los cuatro días libres del mes y los otros veintisiete que gastaba entre vehículos blindados y la habitación de la casa anexa a la comisaría, donde trabajaba, dormía y en la que, reconoce, su salud empeoró por el encierro. Vivía acuartelado y en incesante disposición de combate. 

Meses después a Crespo lo trasladaron a Valparaíso, su región natal, que fue su cuartel desde 2007 hasta 2013. Y en 2011, en el primer gobierno del fallecido Sebastián Piñera, estalló el movimiento universitario que se extendió por todo Chile. 

Las olas de la rebelión estudiantil que llegaron al puerto hicieron famoso el apellido de quien sonríe cuando recuerda lo que suscitaba en los manifestantes. 

—En una marcha de estudiantes pidieron permiso “del capitán Crespo”. En todas me reconocían: “el Crespo, el Crespo, el Crespo”. Y hoy día se cuentan mil hueás de mí. Que yo era un salvaje, que los agarraba y los descuartizaba. Dicen que yo le pegué a un niño de nueve años en un estadio. ¡Mil hueás! Y todas mentira. 

La fotógrafa Sol Valdés participó en las protestas en las que Crespo lideraba las FF.EE. de Valparaíso. Dice que ella vio que el uniformado “marcaba” a ciertos manifestantes y asumió que su tarea sería observarlo. Por eso notó a un Crespo orgulloso cuando le gritaban y que, además, “eso lo engrandecía”.

—Crespo tenía mucho odio con los estudiantes. Siempre murmuraba o gesticulaba, eran gestos como de adentro. Manejaba el zorrillo descontrolado, como manejando un tanque: lo tiraba encima. Disparaba las lacrimógenas como si fueran una metralleta. Era un tipo jugando a la guerra contra unos niños que le tiraban piedras y que tenían entre 12 y 17 años—agrega Valdés. 

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Crespo intenta mantener sus gestos rígidos y no sonreír cuando escucha Carnicero, el apodo que manifestantes del estallido social le colocaron por la vehemencia por la que era reconocido el entonces tercero al mando del orden público en el sector de Plaza Baquedano. 

Iniciado octubre de 2019, él y su familia salieron del país por vacaciones. Desde Nueva York, poco y nada supo de las evasiones del Metro que antecedieron a las manifestaciones nacionales. Volvió a servicio el 18 de octubre. Pensó en excusarse con licencia médica, pero algo lo retuvo. 

Así, fue destinado al epicentro de las protestas. Su escopeta, sus casi dos metros de estatura y su casco G-3 en letras blancas lo instalaron rápidamente como un uniformado reconocible dentro de los cientos de piquetes de Carabineros que rodeaban la zona. 

Por eso y por su forma de actuar. 

La institución, por su parte, estaba orgullosa de su comportamiento. La última de las felicitaciones que figuran en la hoja de vida del otrora instructor de FF.EE., del 31 de diciembre de 2019, lo premia por “demostrar alto grado de responsabilidad, compromiso y lealtad en su desempeño (...) en la prefectura de Fuerzas Especiales”.

Su entrada la Escuela de Oficiales de Carabineros fue insospechado: el antecesor de sus hermanos ingresó a la institución uniformada y él, más por arrastre que por determinación, le siguió ese mismo año. Era 16 de enero de 1994. 

En el documento, no obstante, no figuran las querellas en contra del ex Gama 3. 

La primera es del 29 de marzo de 2018, día del joven combatiente en Huechuraba, cuando el sujeto de iniciales E.G fue perseguido por un zorrillo que lo encerró en un pasaje, herido por perdigones en el rostro y detenido por el entonces mayor Crespo. 

El abogado de E.G, Sebastián Velásquez, señala:

—El funcionario policial Crespo, en la parte del conductor, enganchó la escopeta antidisturbios en la tronera del zorrillo e hizo puntería con el rostro de mi defendido. El disparo fue a un metro y medio de distancia. 

Según la acusación de la fiscal Ximena Chong, la víctima fue herida con 11 perdigones en la boca, cuello y cara, incluidos los que dañaron su ojo izquierdo y le causaron fractura dental. El Ministerio Público pide tres años de cárcel para Crespo por detención ilegal y apremios ilegítimos. 

Y después, el estallido. 

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Sobre Crespo y la revuelta de 2019 se puede decir mucho: que la vivió, dice, como una “guerrilla urbana” y obra del “demonio”, que asegura que la querella del Caso Gatica “es para la risa”, que las pocas veces que dormía soñaba que tiraba granadas y que en las protestas no fue distinto: según registros de Carabineros, Crespo descargó 170 perdigones y 43 tiros con la carabina lanza lacrimógenas el día de la agresión a Gustavo Gatica. De un total de 2.012 tiros que uniformados descargaron en Plaza Baquedano, fue el que más disparó esa jornada. 

—No se dispara la escopeta al suelo, se dispara al cuerpo. Y nosotros le disparamos a la gente que nos atacaba. 

Según el Ministerio Público, a las 18.10 del viernes 8 de noviembre de 2019, en la intersección de Carabineros de Chile con Vicuña Mackenna, Crespo apuntó su escopeta sin culata a los manifestantes apostados tras una barricada y disparó, “con intención de castigar”, a 24,5 metros las dos postas que cegaron a Gatica. 

Crespo, por su parte, se indigna y hace lo que hace cuando algo le irrita. Baja el volumen de su voz, la aflauta, la raspa y dice: 

—Yo disparé muchos tiros. Muchos. ¡Y me imputan por uno! Si hubiese tenido la intención tendría 200, 500 Gaticas. 500 hueones heridos en la cara. ¿Pero un disparo que me lo meten a mí? 

Todo lo que vino después se trató de síes y noes. Carabineros no incluyó a Crespo en el sumario interno, no le tomó declaración, le dijo que sí, que estaba haciendo todo bien y, al final, tras revelarse que Crespo manipuló los videos de su cámara corporal, la institución dijo que no podía seguir en sus filas. 

—La baja fue una traición—sentencia con voz raspada. 

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Fuera de Carabineros, buscó otros nichos. Así, en 2021, junto a los antaño partidarios de José Antonio Kast, Osvaldo Muñoz y Eduardo Toledo, fundó Alternativa por Chile, su trinchera política que aspira a partido. Se hacen llamar “nacionalistas”, según su vicepresidente, Osvaldo Muñoz. 

Los principios del movimiento que lidera Crespo son claros: detractores del aborto, se consideran defensores y herederos del legado de la dictadura cívico militar, defienden sin cuartel a las Fuerzas Armadas y de Orden y piden restituir la ilegalización de los partidos que creen “en la lucha de clases”.

Según registros de Carabineros, Crespo descargó 170 perdigones y 43 tiros con la carabina lanza lacrimógenas el día de la agresión a Gustavo Gatica.

Los referentes de Alternativa por Chile son figuras de la extrema derecha internacional como Javier Milei, Jair Bolsonaro, Donald Trump, el régimen autoritario de Nayib Bukele y, a nivel nacional, el de Augusto Pinochet. Sobre la dictadura de este último, el vicepresidente de la colectividad dice:

—El cambio de Chile fue con el fusil en la guata. O si no este país no habría cambiado.

El grupo, por otro lado, sueña en grande. Muñoz asegura que no descartan una eventual candidatura presidencial —con Crespo como primera opción— y que este último es un “perseguido político” cuya estadía en prisión la compara con la de figuras como Nelson Mandela. 

Las proyecciones del movimiento, además, no son indiferentes a la situación de su líder:

—Cuando seamos gobierno vamos a llamar a esas personas (querellantes de Crespo) y les vamos a pedir explicaciones de por qué abusaron tanto de Carabineros—dice Muñoz.  

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El día que ocho detectives de la PDI lo detuvieron en su casa en la zona oriente de la capital, Claudio Crespo no entendió mucho, salió con las manos esposadas y frunció un ceño de muchos, demasiados enemigos. 

Y es que tiene una ira de dos cabezas.  

Por un lado, está convencido que vive persecución política, asegura que Carabineros “hizo todo bien” durante el estallido social y afirma cosas como esta:

—Los carabineros no matamos a ninguna persona. Se habla de los muertos, pero fueron muertos del lado de allá.

Además de los 460 traumas oculares que registró el Instituto Nacional de Derechos Humanos, son al menos seis de un total de 34las muertes que se le atribuyen, por acción u omisión, a Carabineros entre octubre de 2019 y marzo de 2020. 

Pero, por otro lado, un Crespo iracundo con la directiva de Carabineros manifiesta:

—Acá hay algo grave: nosotros creímos que disparábamos perdigones de goma. Nadie lo puso en duda. Pero eran metálicos. Y no se le puede echar tierra a ese tema. Carabineros es una institución jerarquizada. Acá hay responsabilidad institucional.

En definitiva, el 15 de noviembre de 2019 un estudio de la Universidad de Chile concluyó que los perdigones de escopetas antidisturbios de Carabineros contenían “un 20% de caucho y el 80% restante corresponde a otros compuestos” como plomo, sílice y sulfato de bario. 

Y esos, en parte, son sus enemigos: la justicia, que presentará 131 testigos y 734 evidencias para demostrar que fue Crespo quien disparó y cegó a Gustavo Gatica; y la cúpula de la institución que lo formó y que le entregó la escopeta Hatsan Escort calibre 12, por la que es acusado en dos causas de traumas oculares e investigado en una tercera querella en curso. 

Pero Crespo tiene una certeza. El prólogo de su libro G3: honor y traición, escrito por Hermógenes Pérez de Arce, dice que “su liderazgo fue reconocido por muchos carabineros”. Y ese es su cobijo: saber que en Carabineros de Chile hay, aún, otros Crespo. 

Mientras tanto, “vivo la vida de otra forma”. Juega Nintendo con su hijo, despotrica por redes sociales contra las “ratas” de izquierda, comparte con su esposa, visita excolegas presos por violaciones a los derechos humanos —como a Patricio Maturana, condenado por mutilar con una escopeta lanza lacrimógenas a la ahora senadora Fabiola Campillai durante el estallido— y, a ratos, se permite la ira de pensarse en un mundo de enemigos y persecuciones. Por eso, trae consigo la pistola embutida al cinturón. En el auto, en el trabajo, en el lugar que pueda. El único sitio al que no puede entrar armado son los tribunales de justicia, donde Claudio Crespo espera evadir una sentencia de, al menos, 12 años de cárcel.