Ensayo

50 años del golpe


Tres pasitos y me pierdo

¿Qué pasa hoy con la “explosión de memoria”? En este ensayo poético, Yael Zaliasnik explora el Chile de 2023. Menciona a María Elena Walsh, Primo Levi, John L. Austin, Alexander Wilder y otros para mostrar cómo la incomprensión, la impunidad y la apatía se viven en el país a 50 años del golpe. “No sé mucho de Psicología. Pero veo contradicciones profundas que no se desean hablar”, dice la autora.

En el país de no me acuerdo
Doy tres pasitos y me pierdo
Un pasito para allí, no recuerdo si lo di
Un pasito para allá, ay, qué miedo que me da…

No sé mucho de Psicología ni de tantas cosas, pero siento.

Siento que la canción de María Elena Walsh nos identifica.

No es bueno generalizar porque hay quienes no han cesado de buscar, recordar, preguntar.

Pero a nivel social han sido ubicados en los extramuros.

“¿No se dan cuenta que eso ya fue?, han pasado 50 años”, escribe, por ejemplo, alguien en Instagram.

¿Por qué no dan vuelta la página de una vez?

Nos preguntan con soberbia y sorna a quienes seguimos, según muchos, “pegados” en temas que consideramos vigentes, atingentes y lamentablemente muy presentes, valga la pena tanta cacofonía, en lo que hoy somos, y que sabemos afectan también nuestro futuro.

Pero ni nos tratan de entender ni de escuchar, ni de verdaderamente integrarse a una construcción y a una responsabilidad que no es solo de unos ni de otros, sino de nosotros, todos parte de la misma sociedad.

Salvo algún amago o aparente amago en los años que, como este, terminan en “3”.

No sé mucho de Psicología, pero es raro.

Es bizarro que, cada 10 años lo que siempre fue considerado marginal te quieran hacer creer que ahora y por un rato, para la misma sociedad, pasa a  ser central.

A veces esto lleva a que algunos vuelvan a tener esperanzas, aunque en el fondo sepan que es más una moda, un mandato “políticamente correcto”, que una convicción real.

Uno quiere creer siempre que, finalmente, se es comprendido.

Quienes se ilusionan, se decepcionan pronto, cuando entienden, nuevamente, que no son escuchados, abrazados, oídos de verdad, sino que son parte de una puesta en escena para una cámara que busca producir una foto, una consigna, un relato oficial.

Todo en este año, que termina en “3”.

No sé mucho de Psicología.

Pero creo entender que quienes son ubicados en los bordes quieran ocupar un lugar central.

Sobre todo, si están convencidos de lo que han venido haciendo desde que ocurrieron los hechos primigenios.

Hechos que merecen un nombre más directo: asesinatos, torturas, secuestros, persecuciones, exilios, censuras, pobreza, clandestinidad.

Pero también epítetos que tienen que ver con utopías y resistencias, con luchas, con organización, con territorios, con justicia, con violencias estructurales y continuas en nuestra sociedad.

Poco se identifican con lemas de futuro y democracia, donde tanta categoría y título en páginas web evidencian su vacío a veces incluso con tan solo hacer un doble click.

Actividades que intuimos primero serán amortiguadas y luego, contabilizadas en un informe oficial.

Claro, en este año que termina en “3”.

No sé mucho de Psicología, pero conozco algunos héroes anónimos.

Ellos no pierden las esperanzas de que haya justicia y, de la mano con esta, un reconocimiento social.

Porque sienten un “deber de memoria”, parafraseando a Primo Levi.

Mucho se ha escrito de la necesidad de “elaborar” los traumas que, en palabras del psicólogo Ignacio Martín-Baró, son de naturaleza psicosocial.

Este concepto enfatiza que la herida que afecta a las personas fue producida socialmente, así como que su naturaleza se alimenta y mantiene en la relación entre individuo y sociedad a través de distintas mediaciones institucionales, grupales. 

Por lo mismo, es importante colectivizar, “poner en común”, el ejercicio de la memoria, pero de una memoria siempre subjetiva e incómoda, y en permanente construcción, lo que tiene que ver también con las conciencias y el sentido de responsabilidad. 

No basta con esconder los traumas bajo tierra y nombrar ciertos temas o intentar monumentalizar una determinada memoria, para no provocar.

Ahí entramos en una contradicción tensionante y vital.

Y eso no cambia un ápice porque el año termine en “3”.

No sé mucho de Psicología.

Pero a menudo pienso que, en mi país, harta gente se preocupa más de las apariencias que de lo que hay detrás.

Hay que parecer justo, aunque no haya justicia.

Mostrarse preocupado por obtener un efecto, aunque solo se anuncie o enumere.

Hay palabras que, como señaló John L. Austin, hacen cosas, pero son solo algunas y no sé si venga al caso.

Aquí importa parecer y decirse probo más que serlo.

Parecer educado, elegante, culto, justo, ético, consecuente.

Prima el personaje que se representa más que su verdadera personalidad y actuar.

Como en la sociedad del espectáculo que visionó Guy Debord, donde las relaciones ya no son “vividas directamente” sino que se distancian en su representación espectacular.

También ocurre, claro, en este año, que termina en “3”.

No sé mucho de Psicología.

Pero escucho, pienso e intento entender.

Por eso encuentro útil hablar de construcciones donde distintos elementos teatrales entregan mensajes, a veces muy diferentes a lo que se dice o se quiere mostrar.

Creo que los actos, las acciones (con sus vestimentas, sus “guiones”, su música, sus gestos, su utilería) dicen mucho más de la gente que si solo escuchamos sus calculadas alocuciones.

Y este año está y estará pleno de expresiones que podamos vivenciar.

Pero creo que estas, así como los monumentos, las placas, los sitios de memoria solo son efectivas si performan algo en la sociedad en que están insertas.

Si provocan cambios, si mueven, con-mueven, re-mueven…

Por lo mismo, a veces me pregunto, cuando pase este tiempo y sus conmemoraciones, ¿qué efectos, qué transformaciones traerá?

Me refiero a cambios en la forma de relacionarnos, de pensar y vivir nuestra identidad.

Y presiento un silencio aún más profundo y nocivo en todo lo que, en este año, que termina en “3” se quiso y quiere “ventilar”.

No sé mucho de Psicología.

Pero veo contradicciones profundas que no se desean hablar.

“Ventilar” es esparcir, pero no forzosamente implica pensar y conversar.

Aunque este año recordar parece estar de moda, hay una preocupación latente por marcar una pauta, guiar los mensajes, evitar los conflictos, que no se espolonee el disenso (que no se “revuelva el gallinero”), todas características tan propias de la memoria.

Hacer memoria sin reconocer las particularidades de la misma memoria: su dinamismo, su incomodidad, su plurivocidad, su construcción colectiva, su performatividad.

Se realizarán y transmitirán programas de televisión, películas, obras de teatro y de danza que lleven a escena las memorias de una época que pareciera demasiado bien delimitada, sin leer las señales de continuidad.

Pero, mientras muchos se esmeran y esmerarán en mostrar esto, algunos actos evidencian que el interés frecuentemente no está en propulsar la memoria.

Lo que puede ser conflictivo y ciertamente es constructivo, aunque no colabore en el corto plazo al extendido y falso, pero ya largo intento de reconciliación nacional. 

La memoria no es un ancla, sino un caleidoscopio en constante movimiento, con infinitas posibilidades para armar.

No es un medio para imponer mensajes, para construir una realidad.

Es un ejercicio necesario que requiere de un quiebre autorreflexivo que impulse el diálogo, el debate, la emoción, la reflexión compartida y discutida con otros, el potencial conectivo, relacional, de estas manifestaciones.

Y esto no se logra con un sinnúmero de “representaciones” que entreguen visiones cerradas y sosas, apaciguadoras y amortiguadas, que no provoquen a nadie, para poder continuar, habiendo logrado, tomándonos de la mano, una “pseudo-paz”.

Todo justo, pero justo, en este año que termina en “3”.

No sé mucho de Psicología.

Pero percibo trastornos disociativos de identidad, a nivel social.

Oigo a políticos y personeros de distintos partidos que, en el fondo, se asemejan mucho.

Hablan y hablan de su rechazo a las violaciones de los derechos humanos, así, en general y, sin embargo, al igual que los Medios, se quedan en silencio cuando, por ejemplo, se suicida otra víctima de trauma ocular.

Las mismas personas que repiten discursos sobre la importancia de la memoria, han intentado y lo continúan haciendo, con distintas tácticas y eufemismos, cambiar la narración de la historia, dirigirla, negarla, mercantilizarla.

Rechazan firmar documentos que también son parte de una puesta en escena, que quiere mostrar un país pacífico y fraterno, donde todos, desde hace muchos años, nos reconciliamos.

Pero les importa más provocar, hacer incluso zancadillas, para esta, para ellos también conveniente, “pseudo-paz”.

Una supuesta reconciliación que, asimismo, es parte de un estudiado guion, como todo lo demás.

Sin diálogo, sin debate, sin discusión.

Solo con consignas, apariencias, luces, sonidos, escenarios, estrategias y planes de difusión.

No sorprende ver a los mismos actores recurrir a los mismos argumentos.

Remover y ahondar en un mismo miedo.

E insistir, insistir, insistir en la parcialidad de las memorias de una época.

Así como en la causalidad fragmentaria.

Sin olvidar los logros económicos que intentan convencer(se) que fueron compartidos por igual.

Y todo justo y solo en este año, claro, porque termina en “3”.

No sé mucho de Psicología, pero pienso.

Insisto en una necesidad obvia e insatisfecha de reflexionar y conversar.

Hay mucho ruido alrededor de los 50 años, pero, en lo importante, un silencio sepulcral.

Hay quienes precisan narrar, y para eso se requiere una sociedad dispuesta a escuchar.

Hay quienes necesitan gritar, no para un registro, sino para reclamar la verdad. 

Para que efectivamente haya justicia, para finalmente saber dónde están.

Para exigir acciones concretas y políticas, aunque la palabra tenga mala fama. 

Aunque ello no parezca colaborar con la pretendida “pseudo-paz”.

Esto, más que una instancia para abrir caminos, debates, conversaciones, parece un pretendido ladrillo o estatua o monumento que solo busca cerrar, silenciar, sellar.

Ahora que hay cámaras y registros de tanto bullicio que no permite ver ni escuchar.

Para muchos, sentir la falta de un oyente empático es como volver a experimentar una de esas pesadillas en las que el cuerpo no responde cuando se precisa gritar, defenderse o atacar.

Justamente en este año que termina en “3”.

No sé mucho de Psicología,

Pero percibo una necesidad latente e ineludible de mucha gente por contar.

Por ser oída, reconocida, aceptada, respetada.

Los gritos que algunas personas llevan años repitiendo, contienen un mensaje potente y central.

Sin embargo, su incesante iteración, la falta de oyentes -o siempre los mismos oyentes-, la contaminación acústica, informativa, visual, los ha petrificado, perdiéndose en el mismo aire -o falta de aire- que copa una y otra vez, su reclamo esencial.

De tanto escucharlos, ya no se oyen, ni se reflexiona en su importante verdad.

Se exclama en las calles:

“¡Ninguna democracia se puede levantar sin terminar primero con tanta impunidad!”

Pero seguimos las reglas de un juego que está así de viciado y gritamos, sin detenernos ni reclamar acciones que cambien en algo esta realidad.

Todo en un año que termina en “3”.

No sé mucho de Psicología.

Pero intento ver, oír, sentir.

Escucho también otros gritos en los distintos actos, como:

“¡Los llevaron detenidos, no los vimos nunca más, el Estado es el culpable, que nos diga dónde están!

Sin embargo, al llegar a La Moneda, en lugar de exigir esto, de hacer una carta, de gritar más fuerte, de reclamar la presencia de personeros, frecuentemente se impone una preocupación por la fotografía, así como por no provocar, y el grupo se queda silente, una vez más.

Nuevamente eludimos una característica fundamental de la memoria, su politicidad.

Esta radica en la posibilidad de provocar un cambio en nuestra sociedad.

Es importante pararnos ahí, pero también exigir, gritar, con nuestros cuerpos presentes y políticos, con nuestra voz que se amplifica cuando somos muchos.

Porque este no es un carnaval o un “evento” como funcionarios del actual gobierno han llamado alguna vez, como un lapsus linguae, a la conmemoración de los 50 años.

Se trata de hechos y exigencias reales e insoslayables, aunque estén resumidas en un grito que, de tanto repetirlo, parezca igualmente una consigna, y no una exigencia real:

Justicia, verdad, no a la impunidad.

También en este año, que termina en “3”.

No sé mucho de Psicología

Pero siento que tanta parafernalia provoca ruidos que profundizan y perpetúan el silencio.

Se habla mucho, pero se dice poco.

Se quiere mostrar, pero se evade pensar.

Creo que hay perturbaciones importantes en nuestra disociada sociedad.

La actual “explosión de memoria”, usando la expresión de Alexander Wilder, parece no ser instantánea, ni realmente reflexiva, sino obedecer a obligaciones de una programación en horario Prime.

Más que a un reconocimiento punzante de una necesidad ineludible y sana en nuestra sociedad.

Todo lo cual reproduce y actualiza la constante percepción de impunidad.

Cuando se apaguen los focos y los micrófonos, presiento que quedará un agujero aún más silente, profundo y dañino que lo que, supuestamente -qué palabra más difícil, tiznada hoy con tanto incentivo neoliberal-, se quiso “reparar”.

Todo en este año que termina en “3”.