Crónica

El amor como colección permanente


Guillermo Núñez, todo en él era arte

Guillermo Núñez siempre pedía ser recordado por su obra, no por su vida. A una semana de su muerte, Elisa Massardo reconoce que eso es imposible: “su obra es parte de él, y eso nos enseñó a todos los que pisamos su taller”. Su curadora se permite otra atribución -aunque a los historiadores del arte se les pongan los pelos de punta-: interpreta su legado como un espejo de las etapas políticas chilenas, que fueron condicionando tanto su rabia como su imaginación.

La primera vez que supe sobre Guillermo, fue a través de su obra y me impactó profundamente. Estaba estudiando Estética y me pidieron escribir una crítica. Escogí una exposición que había en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende, Memoria incandescente (la violenta blancura del horror), eran pinturas que realizó  entre 1975 y 1987, desde el exilio, sobre el cuerpo y el dolor. 

Poco tiempo después nos conocimos, y en la inocencia de la juventud pregunté: ¿en qué estabas pensando al realizar la exposición del 75, si sabías que te podían meter preso nuevamente? Y contestó con gran templanza que no hubiera dormido tranquilo si no lo hacía, sabiendo que aún había compañeros viviendo todo eso. 

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Alpargatas, para no perder el contacto con la tierra. Calcetines de lana, porque en invierno las alpargatas no protegen del frío. Reciclaje de agua en todas partes, para no desperdiciarla. Cientos de pinceles y lápices de colores. Miles de papeles de diversos tamaños, texturas y materialidades. Un respeto profundo hacia la naturaleza y hacia los pájaros que habitaban su jardín, en La Florida, Santiago: “las mejores obras de arte, porque son realizadas sin usar manos”, decía cuando se le preguntaba por qué tenía nidos en diversas partes. Una sonrisa amable, sencilla y tranquila, con una mirada intensa que reflejaba la dureza de quien vivió el siglo XX en su plenitud. Y un amor eterno por la vida, por los sueños, por la familia, por el arte. 

Siempre pidió ser recordado por su obra, no por su vida. Sin embargo, ¿podemos separar a un artista de su obra? En el caso de Guillermo es difícil, todo en él era arte. Un crear constante que seguirá latiendo fuerte en las manos de quienes trabajamos con él. Porque su obra es parte de su biografía, de sus dolores, de sus alegrías y de sus reflexiones más profundas. Nada ahí podría separar al artista de su obra, menos aún en una persona tan íntegra y comprometida como Guillermo Núñez. 

Pero voy a hacer un esfuerzo por lograr lo que pidió y me tomaré atribuciones que algunos historiadores del arte podrán criticar a destajos, porque el trabajo de Guillermo estaba claramente definido por las etapas sociopolíticas que acontecieron en su vida y el mundo. Desde que estaba en el Instituto Nacional y discutía con sus compañeros sobre religión y política. Desde su militancia en las Juventudes Comunistas, que fue abandonada antes del golpe de Estado. Desde sus viajes a Europa, Rusia y Estados Unidos por motivos vinculados al arte o a la política. Desde su matrimonio con Bertha Mardones, madre de Pedro y Pablo. Desde sus escenografías y vestuarios. Desde su separación y tiempo de “gigoló”, como alguna vez me dijo con mucha risa y picardía. Desde su irrompible compromiso con la Unidad Popular y Salvador Allende, porque sí, lo acompañó desde su primera candidatura. Desde su paso como director del MAC y sus acciones de arte. Desde la prisión política en dos oportunidades y el exilio. Desde su amor por Soledad. Desde su exilio en Francia y las brigadas muralistas. Desde su lucha en contra la dictadura que no cesó jamás. Desde su retorno a Chile y sus dolores con la democracia. Desde su amor permanente por el arte. Desde sus escritos, poemas y cuentos. Desde sus reflexiones sobre el ser humano, el arte oriental, el jardín y el dibujo. ¿Cómo podríamos separar sus obras de todo esto? 

Sobre su paso por el teatro solo puedo decir por qué lo dejó. Aunque nunca profundizamos mucho en esta área de su vida, su respuesta -como muchas que dio en varias entrevistas- era precisa y contundente: “ya no estaba siendo fiel a la obra”, el mandato primario de un escenógrafo y vestuarista. Y así, fiel a sus propias convicciones, decidió dedicarse al arte visual para no intervenir desde su mirada individual en las escenografías. En los 60, comenzó la carrera de artista a través del dibujo, el grabado y la pintura, técnicas a las que sumó más formas de crear. 

Poplítico. Autodenominó a esta época de su obra. En ellas el color y la forma son armónicas, mientras denuncia de manera radical las injusticias sociales del mundo y los horrores de la guerra. Vietnam lo impresionó. La muerte. Todo ahí era inhumano. Sin embargo, en sus obras aún se observan cuerpos enteros y rodeados de color, como podemos apreciar en Héroes para recortar y armar (1967). En paralelo podemos ver obras que, para muchos son influencia de Matta, situación que Guillermo siempre rechazó, y en los que realizaba mayormente estudios anatómicos, de musculatura, de huesos; indicios de lo que fue su obra posterior.

Unidad Popular y momentos de acción. Su compromiso con la política y la UP fue incorruptible. Participó en la campaña desde el arte, uniéndose al Comité de Artistas Plásticos de la Unidad Popular, desde ahí pintó murales; organizó “El Pueblo tiene Arte con Allende”, la acción “16 dibujos de artistas de la Unidad Popular saludan el triunfo del Pueblo” y “El Tren de la Cultura”. Fue director del Museo de Arte Contemporáneo y, desde ahí, revolucionó a la aristocracia amante de la alta cultura, al traer por primera vez una exposición de los grabadores de La Granja al museo, y al decir que si el museo tenía olor a cebolla era mucho mejor. Porque siempre consideró que el arte debía ser para todas y todos, más aún para quienes tienen menos acceso. Y por eso regalaba su obra en todas partes, cada vez que podía y a pesar de la molestia que generalizaba entre las galerías. 

Siempre pidió ser recordado por su obra, no por su vida. Sin embargo, ¿podemos separar a un artista de su obra? En el caso de Guillermo es difícil, todo en él era arte.

Dictadura, prisión y exilio. Y todo se rompió en un par de horas. Ese sueño de la Unidad Popular, de un mundo distinto, fue brutalmente asesinado por la dictadura. Guillermo ya había dejado la dirección del MAC, pero alojó a un mirista en su casa al que quebraron en prisión. Fue tomado prisionero y desde ahí comenzó a escribir diariamente, lo que se encuentra publicado en “Diario de Viaje”, un libro en el que recopiló con las cartas que escribió mientras estaba en prisión y que se hizo circular por Chile con una tapa roja, sobre la que bromeamos que era como el libro rojo de Mao. Cuando volvió del exilio, quedó absolutamente sorprendido, porque se enteró de que la gente se lo pasaba con el compromiso de leerlo y volver a pasarlo. Quizás, fue una de las obras que realmente resultó como él quería: circulando de mano en mano. 

Decidió hacer 4 exposiciones al salir de prisión. En algunas partes se puede leer que fueron 3 o 5, pero eso da igual. Porque de esas exposiciones sólo logró hacer una: “Núñez: Printuras y Exculturas” (1975). 

De ahí salieron las jaulas con objetos dentro. Jaulas que lo acompañaron en el velorio en el MAC y que quedarán para siempre en el recuerdo por ser una de las primeras exposiciones de arte conceptual en Chile; porque mostraban el encierro del arte, la censura. Sólo duró un par de horas y fue aprisionado nuevamente. 

Dibujos negros. Pinturas blancas. Desde prisión realizó un nuevo libro, “Diario de Puchuncaví”. Y en el exilio, empezó a trabajar con los dibujos que realizó en prisión creando “El libro del Buen Jardinero”, todos sobre fondo negro y desde ahí su obra cambió para siempre. El color se alejó de él por años, y todo derivó en una especie de carnicería de cuerpos donde el realismo desapareció, porque tal como él señalaba: no sirve para dar cuenta de la crueldad humana, del dolor. La incomodidad, la falta de armonía, dar vuelta el peso visual en la obra, hacer sentir ese malestar, sí. 

Y en el exilio, también se fue el negro. Llegó el blanco al fondo de sus obras y con ello ese “no lugar” que habitó durante años. Ese “no lugar” que en nuestras conversaciones lo remitían a un tiempo de dolor, de lucha, de resistencia. Nunca dejó de pensar en la dictadura, en las violaciones a los derechos humanos, en el compromiso político. Siempre tuvo esperanzas hasta que llegó el plebiscito de 2022. 

El color y las afueras de París. Pasado los 80, Guillermo y Soledad comenzaron a vivir fuera de París, en un pequeño pueblo. A él le encantaba, tenía un jardín abierto porque la casa quedaba en una esquina al final del pueblo y su jardín no tenía cerco. Recordaba con felicidad esa época y se hubiera quedado viviendo ahí, cuando lo recordaba sus ojos se iluminaban y sonreía. Y en ese lugar entró el color nuevamente, en una forma diferente a la época del Poplítico, quiso pintar la felicidad. 

Y entonces, un día, en su sala de exposiciones nos cuenta esto. Quiso pintar la felicidad a través de recreaciones del almuerzo sobre la hierba, cambiando la palabra “almuerzo”, por “desayuno”, con el humor que le caracterizaba. Quiso hacerlo, pero el cuerpo adolorido salía en trazos explícitos a través de cada una de sus pinturas, y mientras las mirábamos reíamos pensando en cómo se mezcló una cosa con la otra. En cómo el pasado no pudo soltarlo, o él no quiso soltarlo, o sencillamente no se soltaron, pero ahí están, las pinturas donde quiso retratar algo alegre. Con color. Con esperanza. Con un trazo resquebradizo, pero con color. 

El retorno a Chile. Si me preguntan, creo que Guillermo nunca dejó la política. Pero la política moderna, que ya no existe. Política que cree en los metarrelatos. Política revolucionaria, que lucha por los cambios. Como él decía, ahora el comunismo se vive en el corazón. Y volver le costó, porque el país había cambiado. Su familia ya no estaba, al menos no toda. Su padre había muerto. Y aquellos que volvieron habían dejado de existir por tanto tiempo que ya no tenían el reconocimiento de antaño. Discutió, conversó y siguió trabajando sin descanso. Nunca quiso ser profesor universitario. No creía en los maestros de pintura que te enseñaban a pintar, “¿qué voy a enseñar yo?” decía y aprovechaba para criticar el sistema educacional y la universidad.

Los reconocimientos y las exposiciones. No quería aceptar el Premio Nacional. Jamás lo necesitó. Sin embargo, le dijeron que si aceptaba su obra podría recorrer Chile, porque era uno de los compromisos con los premios nacionales. Aceptó y jamás ocurrió. Siempre se preguntaba para qué existía el premio si el compromiso de difusión no era real. Pero sí realizó varias exposiciones, porque mostrar su trabajo era una necesidad; así como participar de las actividades que se realizaban en comunas periféricas. Y en la comuna del Bosque encontró un espacio que lo hacía sonreír al recordarlo. 

La Casa de la Cultura del Bosque abrió la Galería Guillermo Núñez, un espacio de artes visuales donde se prioriza el arte político, de resistencia. Y Mariana Villouta abrió la Galería Comunitaria Guillermo Núñez, en su casa, sí y la amplió para tener más espacio donde mostrar el trabajo de Guillermo, y cualquier persona puede visitarla previa llamada, o solo tocando la puerta. Y ella, cual mediadora, explica la vida y obra de este artista que le regaló impresiones de sus obras en diversos formatos, obras originales, libros y grabados, para que pueda difundir su trabajo. Estos son espacios que Guillermo abrazaba con holgura, porque el reconocimiento de un premio no era lo que buscaba; sino llegar a las personas, como se titula el documental recién estrenado de Faiz Mashini, “Dibujar para llegar al corazón ajeno”, frase de Guillermo.

La verdad es que no podría darle alguna categoría a esta época en su obra, pero sí señalar que empezó a dibujar todos los días. Que realizó una impresionante cantidad de libros junto a Paulina Veloso, con quien trabajó por 30 años y quien conoce al detalle las intenciones de Guillermo, razón por la cual ha podido trabajar con libertad en creaciones que al artista agobiaron, como el logo de los 50 años, que se transformó en una obra colaborativa que se imprimió en grandes cantidades y se repartió en todo Chile, en las sedes del ministerio y actos institucionales. Y, bueno, se realizó la gran exposición “Retrato Hablado, retrospectiva” (1993) y “Núñez 85, Dibujar con sangre en el ojo” (2015), ambas en el MAC. Además de ir todos los sábados al galpón Víctor Manuel, a la galería del Mono González, donde compartía con quien pasaba y mostraba su trabajo.

Dibujos. Entre la caligrafía y el vacío. Probablemente sus últimas creaciones fueron las que realmente quiso hacer, y solo las logró con el descanso. El plebiscito y el rechazo a la Constitución lo marcaron de manera espantosa. Estaba(mos) seguros de que podía ganar esa Constitución, que proponía un gran respeto por lo natural, por las personas; y que se podía acabar la Constitución impuesta en dictadura. Pero no, se rechazó y todos vimos cómo Guillermo fue fuertemente afectado. Que porquería de situación. 

Llevaba unos 10 años con estos dibujos donde exploraba la caligrafía y el vacío. El movimiento inconsciente. Que la obra salga desde adentro, de lo más profundo del ser, sin mediación alguna. Ya había expuesto algunos dibujos en Factoría Santa Rosa, y Carola Musalem lo invitó nuevamente. Me llamó. Estábamos trabajando juntos hace años en varios proyectos. Me pidió que realice la curatoría, llevábamos mucho tiempo revisando sus dibujos, cada vez que iba, e íbamos viendo cómo iba desapareciendo la pintura para darle espacio al vacío, a la nada. Reflexionábamos sobre el arte oriental, del cual algo yo sabía, pero él llevaba años estudiándolo con admiración. Se preguntaba por la caligrafía, cómo lograban esa exactitud, tantos años de estudio para ser calígrafo debían esconder algún misterio. Y miraba las hojas en blanco pensando que ya no debían ser intervenidas, que quizás eso era todo lo que debía hacer, dejarlas así para que las intervengan las y los demás. Guillermo, así quedaron las hojas en tu taller, en blanco, para ser intervenidas por alguien más. 

3 Núñez frente al vacío. No fue la última exposición sobre Guillermo y no lo será, de hecho, no fue sobre Guillermo y en la historia del arte podría tener poca relevancia esta muestra, de no ser porque mostramos el vacío en sus obras y cómo se fue generando. Cómo pasó de la hoja saturada de color a pequeñas manchas de tinta sobre el blanco, manchas que ya no buscaban la armonía con líneas dibujadas, manchas que se encontraban en una esquina solamente para evidenciar el blanco. Le gustó la idea porque no sabía cuáles seleccionar, si eran cientos de dibujos. Uno cada día realizado por años. Los revisamos nuevamente, en dos o tres oportunidades. Uno a uno. Digitalizamos una selección para verlos todos y separar. Le hice una propuesta y seguimos sacando, sacando y sacando así como el color de sus obras, para elegir cerca de 20 dibujos, que acompañaron una muestra que en su biografía cobró la relevancia necesaria: exponer junto a sus dos hijos, Pedro y Pablo.

Pedro, artista visual, no tenía inconvenientes al respecto; Pablo no había querido anteriormente y con bastante sentido porque él no se dedica al arte visual, es un gran vestuarista y escenógrafo, que realiza maravillosos bocetos. Nos reunimos y Guillermo estaba emocionado, y debíamos realizar esa exposición sabiendo que podía ser el inicio de una despedida que duró prácticamente un año exacto desde la inauguración. Era de las pocas cosas que le faltaba realizar, porque ya en política estaba tan decepcionado; no fue fácil, pero resultó y lo pasamos bien. 

Siempre quiso ser recordado por su obra, no por su vida. Sin embargo, esto es imposible en el caso de Guillermo Núñez, porque su obra es parte de él y eso nos enseñó a todas y a todos los que alguna vez pisamos su taller, a quienes nos deja un amor profundo por su trabajo. Tan grande que aún y cuando Guillermo había dejado de pintar, jamás dejó de crear. 

El día anterior a su partida se estrenó el documental de Faiz Mashini. El primero de 4 documentales que se están realizando en torno a Guillermo. En paralelo, se puso en venta una nueva versión del libro “------ (quizás, aún, tal vez) -------- (entre paréntesis)”, editado por LOM, donde trabajó junto a Su Conejeros, quién lo acompañó en varios proyectosdurante su vida. Un par de meses antes se inauguró la muestra Guillermo Pop: Colores de una utopía, en el MAC de Quinta Normal, a la cual el artista acudió e incluso dijo unas palabras. Además, se está organizando la muestra “Treguaescena: El primer Guillermo”, con la colección de vestuarios del Teatro Nacional Chileno, diseñados por el artista, que también se realizará en el MAC de Quinta Normal. Estaba preparando la entrada a imprenta de “Bolero”, un libro cuyo original fue mostrado en la exposición Volcán Sudamericano (2022) en el MAC; y una nueva edición, como carpeta, de “El Kárdex del Pueblo”. Y, quizás, cuántas exposiciones estaban pasando por su mente, cuántas creaciones y cuántos dibujos en blanco.