Ensayo

La voz de la canción cebolla


Adiós, Zalo

Zalo Reyes se elevó más allá de la música popular para transformarse en un ídolo capaz de abrazar a la vez el silencio y la tragedia, el fanatismo y la noche, el desprecio y la fiesta. Sus canciones atraviesan las nieblas del tiempo y mientras dibujan el mapa de su país de lágrimas, nos recuerdan que eso también es una forma de la patria. Hoy, miles de chilenos lo despiden como se despide a los ídolos que nos dejan de pronto: como una excusa para revisar la propia memoria.

Miro esta mañana las imágenes del funeral de Zalo Reyes. Fue ayer. Lo velaron en el Gimnasio Municipal de Conchalí y luego lo enterraron en el Cementerio Católico. La gente fue a despedirlo desde todo Santiago. El ataúd estaba cubierto con una bandera chilena y tapado de flores y fotografías y los ciudadanos se acercaron a él para presentarle sus respetos como un caído más del panteón de la memoria popular. Ahí, mientras sonaban por los parlantes sus canciones más famosas, lo lloraron solos o acompañados; depositaron sobre el féretro ramos de rosas blancas y rojas o rezaron o simplemente se acordaron de él tal y como uno se acuerda de los ídolos que nos dejan de pronto: como una excusa para revisar la propia memoria. De este modo, en el gimnasio y luego en el cortejo que lo llevó al cementerio, le presentaron sus respetos, como si verlo pasar por última vez sirviese para recordarlo mejor. Buena parte de esa multitud que se congregó en las calles a despedirlo recordó de modo íntimo qué sentido tenía escucharlo, qué significaban para ellos "Motivo y razón", "Un ramito de violetas" o "Con una lágrima en la  garganta". Cada uno y cada una de los que los despedían sabían lo que él significaba para ellos.

El domingo pasado, cuando se conoció la noticia de su muerte, volví a ver fragmentos de sus viejos shows. Y aunque Zalo era un sobreviviente elegante, un veterano de su propia guerra privada; como todos, me había dado cuenta que las noticias que iban dando la semana pasada sobre su salud eran cada vez peores. Creo que lo comenté durante esos días, quizás acordándome con cariño de la nota que le dio a un canal de televisión sobre la desaparición de su perro o de esa pelea con su doble de la cual el comediante Felipe Avello sacó la expresión "¡Están matando a un huevón!". Son dos videos asombrosos que existen como piezas imprescindibles de nuestra cultura pop: en el primero, el perro Rocky aparece de improviso en medio de la grabación luego de estar perdido dos días y Zalo se quiebra de la emoción; la segunda es más tóxica y en ella el cantante pelea con Carlos Caro, doble suyo, y la discusión incluye amenazas, violencia verbal y una torta. 

Por supuesto, ninguna difumina su costado legendario ni empata con el modo en que sus canciones siguen sonando en el aire. Gracias a ellas, Zalo Reyes se había convertido en un ídolo por derecho propio, un ícono popular cuyo prestigio descansaba en su enorme carisma y su talento aún mayor. Hace mucho tiempo se había elevado más allá de la música más popular para transformarse en un ídolo capaz de abrazar a la vez el silencio y la tragedia, el fanatismo y la noche, el desprecio y la fiesta. Su decisión de no abandonar su barrio, ese Conchalí que leía como una patria total sobre la que nunca dejaba de sentir nostalgia, lo volvía además inevitable. Desde siempre, había prescindido de cualquier idea domesticada de la fama, volviéndose inclasificable a pesar de ese rótulo de canción cebolla. Personaje a veces trágico, también se sabía un crooner bestial: cantaba con el fantasma de las viejas orquestas de las boïtes sonando detrás suyo como un aliento que venía de otro tiempo. Adoraba ese rol; era el maestro de ceremonias del pueblo, de la emoción hecha carne trémula.

Anoto esto porque ese día fue imposible no hacerme las mismas preguntas que todos mientras recordaba un show suyo, en la disco Blondie, a fines del 2002. 

En mi memoria, son las 2 o 3 de la mañana y la Blondie sigue siendo ese espacio milagroso e imposible donde las tribus perdidas de Santiago deambulan como si fuese un palacio o una casa, haciendo del subsuelo una casa común. Es la época de las fiestas kitsch. Esta noche, Zalo está vestido de negro y lo acompañan dos guardias que lo ayudan a pasar entre la gente que atiborra la larga barra de la disco. Más abajo de las escalinatas, la pista de baile está llena. La gente lo reconoce y lo trata de abrazar. Ahora mismo, es un sobreviviente que camina entre un público compuesto por new waves tardíos, fanáticos de Depeche Mode o de los Cure, muchachas góticas, otakus, chicos darks, punks vestidos de fiesta y nostálgicos de los ochenta. Aún no llega para él el momento del declive físico y la diabetes: este Zalo tiene poco más de cincuenta años y es idéntico a sí mismo, como si fuese un resumen o una actualización de todas las imágenes suyas que conocemos desde hace tanto tiempo. 

En mi memoria, cuando comienza a cantar, el público lo aclama. Las gárgolas de cartón piedra que decoran la disco lo miran y lo acompañan. Zalo baila y canta a Tom Jones y la Blondie por un rato se parece Las Vegas de ¡Marte Ataca!. Ahí todos, incluido Zalo, somos extraterrestres. El aire en el lugar es espeso. Algunas personas fuman. Todos bailan, todos se mueven. Una idea: Zalo no tiene edad. Nunca tuvo edad. No hay celulares filmando. Nadie tiene una cámara. Todo esto existe como el momento de un momento, como una experiencia irrepetible. 

En el escenario de la Blondie queda lejos todo lo que sabemos o creemos saber de él: el hecho de que no vaya a la tele, los mitos en torno suyo, todas esas versiones de su leyenda negra. Cuando canta, Zalo acelera el funcionamiento de la máquina de los recuerdos y escucharlo se revela como algo natural, es posible reconocer esa voz desde una suerte de cercanía. Zalo ha cantado de todo desde siempre, de Sinatra a los Ángeles Negros, y ahora todo eso se acumula en su voz, que parece venir de otro tiempo, ser única y a la vez colectiva. En vivo no falla, no se equivoca. Venció al monstruo del Festival de Viña, nunca necesitó ni de lejos a Don Francisco y su honestidad siempre fue la de una estrella; o sea contradictoria, tormentosa, llena de un dolor del que parecía no poder escapar nunca y que era el combustible que alimentaba sus canciones. 

Entonces el artista abraza sus viejas canciones, que el público aclama porque son también suyas o de sus madres, sus abuelas o sus amigas. Sobre el escenario, Zalo canta y baila y aunque interprete sus temas sobre pistas grabadas parece que detrás suyo hay una banda completa y luego suben desde el público varias muchachas new wave o góticas y él las toma de las caderas y les dice "Así se baila, mijita" y ellas bailan con él y todos parecen felices y quizás el kitsch es apenas una máscara de otra cosa, quizás del modo en que quienes están ahí recuerdan su voz atravesando el éter de modo nítido en medio de dormitorios, o de cocinas o comedores o patios o salas de espera o parlantes de micro o en fuentes de soda desaparecidas donde la radio nunca se apagó.

En mi memoria, el show termina y cierta ilusión se rompe. La Blondie continúa con su música habitual, la fiesta sigue, esa noche se convierte en una idéntica a muchas y Zalo desaparece, vuelve a tocar en parilladas, en festivales de provincia, su silueta se vuelve escurridiza y se corresponde con las imágenes finales que tendríamos de él: habla en tercera persona de sí mismo, sabiéndose parte de un patrimonio inmaterial donde reina sin contrapeso, irreductible e imprescindible.

Vuelvo al presente. Ahora mismo, su muerte es un vórtice donde una multitud de memorias convergen. Zalo ha salido de ese olvido en el que quizás nunca estuvo. Su música hace que los recuerdos privados se vuelvan historias que convierten al deseo, la pena o el llanto algo más; algo que hermana a quienes las escuchan en los habitantes de un solo país y un solo corazón, un sentimiento que atraviesa las nieblas del tiempo y mientras dibuja el mapa de su país de lágrimas, nos recuerda que eso puede ser también una forma de la patria. Ahí, todas las canciones ajenas parecen suyas y todas las canciones propias suenan como si viniesen más allá o más acá de él, como si no le pertenecieran o se hubiese desprendido de ellas para hacerlas sonar luego dentro una lengua común, puros fragmentos encontradas de una memoria compartida.